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Full text of "Los triunfadores : drama en dos actos y un epílogo"

11019 



^S - 



JUSTO DE LARA. 



m 




DRAMA EN DOS ACTOS 



Y UN EPILOGO 



I: 



HABANA. 
IMPRENTA "EL COMERCIO TIPOGRÁFICO" 

CALLE DE LA AMARGURA NUM. 32. 

1895. i -. 



CnTSTO DE LA-IR/A^ 



LOS TRIUNFADORES 

DRAMA EN DOS ACTOS 

Y UN EPILOGO 



representado por primera vez con el titulo de 

«La Lucha de la Vida,» 

en el teatro de tacón la noche del 27 dé marzo de 1895 

á beneficio del primer actor don klcardo valero. 



XaiA.BA.lsr.A- 

Imprenta "El Comercio Tipográfico," Amargara 33, 

1895 



AL EMINENTE ACTOR D. RICARDO VALERO 









mt&n 



€/rt€-a. 






EL ffiJTOR HL LECTOR 




l público y los críticos han estado harto indul- 
gentes con esta obra, escrita en menos de cuatro 
días para el objeto especial de una función á be- 
neficio de mi amigo el primer actor don Ricardo 
Valero. 

Doy las gracias á todos los que me ayudaron al éxito, 
á mis buenos compañeros en la prensa y á los artistas 
que tanto se esmeraron para que el drama, realzado 
por sus intérpretes, fuese digno de aplauso, con espe- 
cialidad la eminente actriz doña Luisa Calderón, que 
alcanzó en el acto último un triunfo merecido y ruidoso. 
He tenido que aceptar todas las justas observaciones 
que se me han hecho pasada la representación. Al ac- 
to tercero lo he titulado epílogo comprendiendo que no 
es, en realidad, el desarrollo de la trama que termina 
en el segundo, sitio la demostración de su frase última. 
En el primer acto y en el propio segundo, he añadido 
algunas frases para aclarar el argumento. En el es- 
tilo, que tan inmerecidos aplausos alcanzó, porque las 
incorrecciones no pueden advertirse en la audición, me 
he visto obligado á bastantes enmiendas. Por último, 
he conservado al drama el título de Los Triunfadores, 
que le puse al escribirlo y no el otro con que hubo de 
representarse, ni original ni apropiado. 

669320 



De las demás censuras no he tomado cuenta siquie- 
ra. No se refieren al lenguaje, ni á la ejecución, sino 
á la falta de realismo, á la inverosimilitud que posee á 
juicio de críticos menos benévolos. Esto bastaría para 
envanecerme, si fuera la soberbia mi defecto, porque la 
inverosimilitud es el lunar que se ha encontrado siem- 
pre por criterios miopes á todas las grandes produccio- 
ciones dramáticas. ¡Es tan fácil decir que una escena 
pugna con la realidad! Y sin embargo, la decantada 
realidad ¿quién sabe cual es? 

Nada hay menos inesperado, nada hay menos lógico 
que los mismos hechos de la vida común. Todos los 
héroes en los dramas reales del mundo, sufren y caen 
cuando existen, indudablemente, remedios para sus 
males, pero remedios que vé, pasada la crisis, el que 
desde fuera ha contemplado los hechos y desempeña el 
cómodo papel de juez y no el difícil de actor. ¿Qué 
suicidio, bien analizado, no es un absurdo? ¿Qué cri- 
men, qué maldad, cuando se examina de cerca, no es 
una obra que parece hija de la locura? ¿Qué gran con- 
flicto de la existencia, no tiene su solución práctica á lo 
Sancho Panza, encontrada siempre tarde? ?,Dónde está 
el ser humano que en todos sus actos procede con la 
lógica del matemático cuando resuelve un problema? 
¡La inverosimilitud, la famosa inverosimilitud, es la vi- 
da misma! 

Al autor dramático, por consiguiente, solo puede 
pedírsele que copie lo que ha pasado ó deduzca de ello 
lo que puede pasar, porque, como dice uno délos perso- 
najes de mi obra — y es idea bien sabida y aceptada por 
la experiencia — no hay dramaturgo, ni novelista, que 
pueda con sus invenciones superar ni igualar siquiera 
la realidad. 

Se ha creido imposible lo que pinto en el primer acto 
ó sea que el Marqués de Urrutia y todos los invitados 
en casa de D. Justo Pimentel, abandonen á este como 
un enfermo del cólera, al saber que repentinamente 
había quedado en la miseria. Pues yo he visto á uo 
hombre, rodeado de varios amigos que le felicitaban 



por una cuantiosa herencia, quedarse casi sólo cuando 
anunció que estaba desheredado, 

Se ha dicho que es inverosímil que Luisa, la prota- 
gonista de Los Triunfadores, haya huido de Ramírez, 
el protector de su familia, para luego arrastrarse por el 
fango de una vida horrible, porque no encontrara á ese 
noble Ramírez cuando le buscó. Y yo digo que en el 
carácter de una joven, criada como la hija de un ban- 
quero millonario, lo más natural es la soberbia á raiz 
de la deshonra y el infortunio y que después no encon- 
tró á Ramírez porque no siempre el destino tiene á los 
protectores tan cerca para cuando se necesitan y lo ge- 
neral es que los pocos Ramírez que se conocen lleguen 
á las catástrofes finales, como una ironía de la suerte, 
cuando ya es inútil su presencia. 

Hubiera querido, para complacer á las muchas per- 
sonas sensibles que sólo desean en este, mundo el bien 
y la dicha de los demás, casar á Luisa con Ramírez, y 
castigar á los infames del drama. Pero ¡ay! el hecho no 
pasó así. La verdadera Luisa, la que pude conocer en 
el sombrío hospital donde murió, tuvo el desenlace de 
la heroina de Los Triunfadores, después de haber teni- 
do su historia tristísima. ¡Hecho inverosímil! ¡hecho 
que pugna con la realidad; pero todavía, cuando lo re- 
cuerdo, me llena de espanto! 



Q^á© 



:pje:rs cxtv a a las 

LUISA PIMENTEL Sea. 

LA MARQUESA DE URRUTIA... 

LA BARONESA DE RUIBAL 

AZUCENA..., Seta 

LA SR A. DE MARTÍNEZ Sea. 

LA SRA. DE AVENDANO 

HERMANA DE LA CARIDAD 

JUANA 

D. ANDRÉS RAMÍREZ Se. 

D. JUSTO PIMENTEL 

EL MARQUES DE URRUTIA 

D. DIEGO DE AVENDANO 

JORGE 

D. LUIS MARTÍNEZ 

EL DOCTOR 

UN CRIADO 

OTRO CRIADO 



ACTORES 

Caldeeón. 
Calle. 

Valls. 

MOEENO. 

Blasco. 

Villae. 

echeveeeía. 

Segueda. 

Valeeo. 

Feeeando. 

Teeeadas. 

Benavides. 

S. Pozo. 

Gaeeido. 

Letee. 

MOEENO. 

Delgado (L.) 



Madrid. — Época contemporánea. 



JEs propiedad del autor.— Los comisionados de la Adminis- 
tración Lírico-Dramática de D. Eduardo 



cobro de los derechos de propiedad. 



Hidalgo son los encargados del 



ACTO PRIMERO 



Lujosa sala de recibo en casa de don Justo Pimentel. A la derecha 
una puerta que conduce á las habitaciones de Luisa. Dos puertas ala 
izquierda. Puerta en el fondo, por donde se ve una galería de entrada. 



ESCENA PRIMERA 
Luisa, luego Juana. 

(Luisa elegantemente vestida, como en noche de recepción en su 
casa. Se acerca al espejo, arreglándose el peinado.) 

Luisa . — ¡Qué pálida estoy!... ¡Dios mío! ¿Me encontrará hoy tan 
bella como siempre? ¡Jorge! ¡Jorge! Nunca podrás 
comprender hasta que punto te amo y cuan inmen- 
sa ha sido mi prueba de amor! Yo soy una roise- 
. rabie engañando al padre más bueno; pero Dios 
tendrá piedad de mí! Mi boda se efectuará dentro 

de un mes y él nunca sabrá su deshonra 

¡Pero es en vano que pretenda disculparme así! 
El pecado es pecado siempre, aunque permanezca 
oculto y Dios, para quien nada se esconde, y á quien 
tan vanamente imploro, no deja de castigar al peca- 
dor ¡Estoy llorando! ¡Si papá viniera! ¡Lágrimas, 

no me vendáis! Es preciso estar hoy mas alegre y ri- 
sueña que nunca. Pero ¡ay! hace dos meses que es- 
toy fingiendo y ya no puedo más. (Llora. Entra Jua- 
na. Luisa lanza una esclamación, creyendo que es su pa- 
dre, pero al verla se arroja en sus brazos.) ¡Juana! ¡Jua- 
na! ¡Cuan inmensa es nuestra culpa! 

Juana .— - Serénese usted señorita y no llore así, porque va us- 
ted á revelar su pena y su padre habrá de pregun- 
tarle Pues ¡no es nada! Usted tan feliz y ju- 
guetona siempre, usted su encanto y alegría, hecha 
un mar de lágrimas y en una noche de recepción.... 



10 : 

Luisa . — ¡Ay, Juana! ¡Es que no tengo ánimo para tanta co- 
media! Si hubieras visto esta mañana el heroico es- 
fuerzo que necesité hacer cuando vino papá como de 
costumbre á saludarme con un beso en la frente! 
¡Aquel semblante tan noble, tan confiado, tan puros 
aquellos ojos en que resplandece siempre una con- 
ciencia límpida, me parecía que lanzaban sobre mí 
acusación horrenda! Tu conoces mi carácter, Jua- 
na. Tu sabes que soy incapaz de la hipocresía y 
que sé valientemente arrostrar el peligro y respon- 
der de mis actos. La hija de don Justo Pimentel no 
puede engañar ¡Ay! ¡Por esto, por esto, no pue- 
do engañarlo á él! 

Juana . —(Aparte) Va á perderse y á perderme. Si don Justo 
la encuentra en semejante situación de ánimo, es ca- 
paz de confesarle todo. (Alto.) Pero señorita ¿no 
ha de venir esta noche el Marqués á pedir á don 
Justo la mano de usted para el señorito Jorge? 

Luisa . — ¡Sí! (Serenándose.) 

Juana . — ¿No se ha de señalar cuanto antes el día de la boda? 

Luisa . — ¡Sí! 

Juana . — Pues entonces! Modere usted ese llanto inútil y com- 
ponga su rostro; reprima esa palidez; parece una 
muerta. ¿Se ha olvidado usted de que el señorito 
Jorge va á venir á las nueve? 

Luisa t — (Mirándose de nuevo al espejo) ¡Es verdad! ¡Todo, to- 
do menos parecerle fea! ¡Naturaleza de mujer! Puedo 

como amante lo que no puedo como hija Juana: 

faltan pocos minutos. Me arreglarás en mi habita- 
ción, porque quiero esta noche lucir más linda que 
nunca ¿sabes? (Se dirigen á la derecha.) 

Un cRiADO.(l?n la puerta.) — Don Andrés Ramírez. 

Luisa . — ¡Jesús! ¡Ese hombre tan odioso; siempre vaticinan- 
do males y murmurando de todo el mundo! ¡No 
quiero verlo! (Se apresura á salir, pero no tiene tiem< 
po. Andrés se presenta en la puerta y la saluda incli- 
nándose. Juana se retira) 

ESCENA II 

Andrés y Luisa 

Andrés. — (Aparte.) ¡Esa niña ha llorado! 
Luisa . — (Con cortesía y frialdad) Señor Ramírez, bien veni- 
do. Me disponía á retirarme á mis habitaciones 



. 11_ 

unos momentos Usted perdonará En el acto 

vendrá mi padre 

Andrés. — De modo que mi señor don Justo se encuentra per- 
fectamente. 
Luisa . — Sí señor, gracias. Ahora mismo va usted á ver- 
le...... 

Andrés.— Pues no encontrándose mal don Justo, y siendo esta 
noche, al parecer, en esta casa, noche destinada á la 
alegría (bruscamente) ¿por qué acababa usted de llo- 
rar, Luisa, cuando yo entré? Le parecerá á usted 
algo extraña la pregunta, le parecerá rara, como mía 
al fin, atrevida, si usted quiere, pero, soy franco y 
curioso y mi curiosidad, aunque parezca mala edu- 
cación 

Luisa . — (Enojada.) ¡Yo no he sido quien lo he dicho, señor 

don Andrés ! 

Andrés. — Pues, aunque parezca mala educación, repito, es un 
sentimiento inspirado únicamente en la simpatía que 
á usted profeso. Yo debo mucho á su padre. 
Luisa . — (Riéndose.) Muchas gracias. Siempre dice usted lo 

mismo; pero es usted tan original! 
Andrés. — Original me llaman todos, hija mía, y en realidad los 
originales son los otros Ahora mismo, por ejem- 
plo, el que ha llorado, no soy yo, es usted. El único 
rasgo extraño aquí no ha sido el mío, por consiguien- 
te Es noche de recibo, noche en que según se 

anuncia en los mejores círculos sociales, el Marqués 
de Urrutia pedirá á don Justo Pimentel la mano de 
su hija para el futuro Marqués. Llego, como antiguo 
amigo de la familia y me encuentro llorando á la 
hija de don Justo. Don Justo está bien de salud, per- 
fectamente, (Deteniéndose.) ¡Ah! ¿Es, acaso, que el 
caballerito Jorge está enfermo? 
Luisa. — No señor, dentro de un rato estará aquí también. 
Andrés. — ¿Tampoco ha sido entonces querella de novios? Pues 
hija mía, confiese usted que el original no soy yo, si- 
no que la original y muy original es usted, que llora 
sin motivos. 
Luisa . — Pero ¿de dónde ha sacado usted que yo he llorado? 
Usted, señor Ramírez, tiene la manía de hacerse el 

muy profundo observador 

Andrés. — Como que es imposible que algo se me escape. 
Luisa . — Y en vez de ser muy observador, lo que, tal vez, sea 
usted, es muy indiscreto. (Lo saluda f ñámente y se 
retira.) 



12 

ESCENA III 

Andrés 

Andrés. — (Sigue á Luisa con la vista un momento, pero sin enojo.) 
Me gusta esta muchacha: es todo un carácter. La cas- 
cara es amarga, cierto, pero el corazón es de oro. 

(Pausa.) Pues señor; me aburría soberanamente en 
esta sociedad de Madrid, donde me dedico á falta de 
mayor entretenimiento á tomar nota de las flaque- 
zas humanas y agotado ya el campo de mis observa- 
ciones me parece que en casa de don Justo Pimentel 

he encontrado cosecha excelente. Lo siento lo 

siento Esta familia no merece sufrir ¡Oh 

miserias del corazón, sois inagotables! Aquí en la mo- 
rada del justo don Justo, padre bueno de una chica 
excelente; aquí, en la morada de don Justo, el probo, 
el hombre que es la demostración viviente de que 
las excepciones confirman la regla, porque si todos 
tenemos, en más ó menos grado, inclinaciones bastar- 
das, él parece no tener ninguna, hasta el punto de 
satisfacerme á mí, crítico y murmurador harto des- 
contentadizo; aquí, donde solo debe haber paz y ale- 
gría, comienzan ya los llantos y los quej umbreos ... Y, 
no es estraño, no es estraño, después de todo. El dia- 
blo ha metido la cabeza por estas puertas; porque no 
es poca diablura casar á Luisa con Jorge de Arenci- 
bia. ¡Boda desgraciada! ¡Si yo la pudiera evitar la 
evitaría; pero aunque me importa cuanto se rela- 
ciona con don Justo Pimentel, no tengo el derecho 
de que me importe. Nada puedo hacer: el mundo en 
estos casos, llama entrometimiento y malicia á loque 
solo es filantropía y buen deseo. 

ESCENA IV 

Andrés, don Justo (por la izquierda.) 

D. JusTO.-Señor Ramírez, usted perdone haber esperado, igno- 
raba el honor que usted nos hacía. 

Andrés. — (Aparte.) Parece contento. O yo me engañé y aquí no 
pasa nada, ó este pobre don Justo sabe tanto como yó. 
(Alto.) Muchas gracias, amigo mío, he aguardado bien 
poco. (A una señal de don Justo ambos se sientan.) 

D. JusTO.-Hace tiempo, señor don Andrés, que no teníamos el 



13 

gusto de verle. Parece que en esta casa apacible, de 
un viejo viudo con una bija única, no se ofrecen mu- 
chos atractivos al elegante y mundano señor Kamírez. 

Andrés. — Pues diré á usted. La verdad es, que en cuanto a lo 
que yo entiendo por atractivos, no se me ofrece nin- 
guno. 

D. Justo. --¡Usted siempre tan original! 

Andrés. — ¡Original! ¡Cuándo dejaré de oír esa palabra! Yo, se- 
ñor don Justo, convencido de que no hay autor dra- 
mático, ni poeta, ni novelista que pueda con sus in- 
venciones superar ni igualar siquiera la realidad, me 
he decidido á ser espectador en esta interminable 
comedia de la vida, observando á los otros, sin tomar 
parte en sus acciones. Yo, por consiguiente, soy el 
menos original de todos. Tengo en mi naturaleza 
algo de don Quijote, porque á veces me siento con 
arranques de enmendar el mundo y hacer justicia 
repartiendo mandobles á los muchos pillos que an- 
dan por la tierra y premiando con reinos é ínsulas 
á los pocos, muy pocos buenos que existen. En esto 
sí confieso que soy original, porque don Quijote era 
el más original de los humanos: pero prefiero esa 
originalidad, señor don Justo, á la famosa discre- 
ción de los demás mortales...... Mas no tema, usted 

no. Yo no reparto mandobles; usted lo sabe. Con- 
vencido de que es imposible arreglar la sociedad, 
me divierto estudiándola, como esos críticos, que sa- 
ben muy bien que la interminable progenie de los 
malos poetas no puede acabar nunca en España y 
que se dedican, sin embargo, á la inútil tarea de ano- 
tar necedades agenas, no por enseñanza, ni por bien 
público, sino por entretenimiento. ¡Cada uno tiene 
su manera de entretenerse! Yo, por ejemplo, veo 
que un buen amigo mío, un hombre honrado, un 
rico banquero de acrisolada fama, de 50 años de 
edad, con una hija única, que es su encanto y merece 
serlo, hombre justo (don Justo hace un movimiento)... 
déjeme usted concluir justo en todo. va á per- 
mitir el matrimonio de esa chica con el hijo de un 
bribón enriquecido, pérfido, hipócrita, capaz de 
aplaudir todo lo malo si el que lo hace es muy rico 
y poderoso y de condenar á cualquier infeliz, si es 
pobre y desvalido á la última pena,por la falta más 
insignificante. De tal padre tal hijo, dice el refrán, 
é hijo de tal padre es el afortunado mancebo. Pues 



14 



bien: si yo me acerco á la chica y le digo: «mira: Fu- 
lanito, es un perdido, un seductor, un libertino, in- 
capaz de amarte y de hacerte feliz, porque si fueras 
una pobre muchacha, en vez de la hija de un ban- 
quero millonario, no se casaría contigo;» si le añadie- 
ra: «á la vez que á tí, galantea, por ejemplo, á la hija 

de don Diego de Avendaño» (Don Justo hace 

otro movimiento.) Esto es un ejemplo, por supues- 
to ¿Qué piensa usted que me replicaría la chica? 

A ella el muchacho le ha entrado por los ojos, le 
gusta, se siente perdidamente enamorada de él y lo 
menos que haría es llamarme calumniador, chis- 
moso, canalla etc. etc. Y supóngase usted que se lo 

dijera en lugar de la chica al padre, ¡válgame 

Dios! ¡Supóngase usted que yo le digera al padre: 
«usted, señor mío, más que justo, es un bendito, 
usted, señor mío, sabe bien que todo lo que yo digo 
es verdad: que el señor Marqués, ó Conde, ó Duque ó lo 
que sea, es un canalla, que la señora Marquesa es 
una tal por cual, que el señor Marquesito es esto y 
lo otro, que su hija de usted no tiene el carácter á 
propósito para desempeñar toda la vida el papel de 
víctima, que será desgraciadísima, que ese matrimo- 
nio acabará mal, muy mal, que aquí va á pasar al- 
go! {Don Justo se levanta) Pues el padre se le- 
vantaría, como ahora se levanta usted, llamaría á 
sus criados, éstos me echarían á palos y ahí me ten- 
dría usted convertido prácticamente en don Quijo- 
te, probando garrotazos por meterme á redentor... 
Más como no pretendo semejante gloria, ni aspiro á 
ese desenlace, que ningún bien aportará, ni á mí ni 
á los otros, lo que hago, señor don Justo, es ir á la 
casa donde tales cosas han de ocurrir, verlas, anotar- 
las y satisfacerme de mi previsión, como se satisface 
el médico que no pudiendo salvar al enfermo, en ca- 
so de muerte irremediable, se conforma con que el 
paciente fallezca de acuerdo con su sabiduría, ó sea 
confirmando el diagnóstico, síntoma por síntoma has- 
ta el último momento. 

Y ahora comprenderá usted como, no ocurriendo 
ninguno de esos lances extraordinarios en la casa 
apacible de mi buen amigo el señor Pimental, viudo 
con una hija única, yo, dado mi carácter y mis aficio- 
nes, haya dejado de visitarla desde hace tanto tiempo, 
por no encontrar en ella mis especiales atractivos 



_ 15 

D. Justo. -(Riéndose.) ¡Bravo! ¡Bravo, señor psicólogo; pero me 
parece que usted exagera en su inquina contra el gé- 
nero humano! Usted encuentra muy poca gente bue- 
na en este mundo, señor don Andrés y creo que no 
tiene razón. La humanidad no es tan mala y sobre 
todo, hay que ser indulgente. Yo no le conozco á usted 
otro defecto que el de esa sobrada intransigencia; ¿pe- 
ro dejará usted de tener otros? ¿No se acuerda usted 
del episodio de la mujer adúltera? ¿Quién está sin 
pecado? ¿Quién puede lanzar la primera piedra? 

Andrés. — Y yo á usted señor don Justo, no le conozco otro de- 
fecto que el de la excesiva tolerancia y crea que para 
mí es, sino el más censurable, el más pernicioso. La 
mucha bondad es tan mala como la mucha maldad, 
porque el hombre que siempre está dispuesto á per- 
donarlo todo, crea la desgracia de los que dependen 
de él. Si la justicia no es severa, no es justicia, señor 
don Justo y la bondad extraordinaria se podría con- 
fundir con el egoísmo 

D. JusTO.-¡Hombre, esa franqueza de usted es encantadora! 

El CRiADO-Don Jorge de Arencibia. 

Andrés.— (Aparte.) Aquí entra él. 

(Jorge saluda con afecto á don Justo y se inclina cere- 
moniosamente ante Andrés.) 

ESCENA V 

Andrés, D. Justo y Jorge 

Andrés. — (Aparte.) ¡Este lobezno nunca mira de frente! 

Jorge. —* (A don Justo.) ¿Y Luisa? 

D. JusTO.-Bien; pronto saldrá. 

Andrés.— (Aparte.) ¡Valiente comediante está el tal Jorge! Le 
noto algo estraño, como si le asaltara algún temor. 
La otra lloraba, éste teme. ¡Malo! Cuando la mujer 
llora y el hombre teme, no hay amor sino pecado. 

ESCENA VI 

Los mismos y Luisa 

Luisa . — ¡Jorge! (Jorge se acerca y la saluda respetuosamente.) 
Andrés.— (Aparte.) Ella está encendida como una amapola y no 
se atreve á fijar la vista en la suya, ¿vergüenza ó re- 
mordimiento? 



16 

D Justo.--(J. Jorge.) Y los Marqueses, ¿están buenos? 

Jorge. — Si señor, deben llegar dentro de poco. 

Luisa. — (A Jorge.) ¡Ay! ¡Qué linda y qué joven está su mamá, 
Jorge! No se enfade usted si le digo que más parece 
su hermana ! 

Andrés.— (Aparte.) ¡ Lo que ven con amor los ojos! Linda, qui- 
zás lo sea todavía, para aquel á quien gusten las ja- 
monas, joven, también, si los años no cuentan para 
apreciar la juventud y buena ¡Satanás me libre! 

El Criado. — Los Marqueses de Urrutia. 

Andrés.— (Aparte.) ¡Amén! 

ESCENA VII 

Los mismos. El Marqués y la Marquesa de Urrutia. 

D. JvsTO.~(Adelantándose á recibirlos) ¡Marqués! ¡Marquesa! 
¡Bien venidos seáis á nuestra casa! 

La Marq?( Con intención.) Ya sabe usted por lo que hemos ve- 
nido hoy y más que usted quizás lo sabe esta picaro- 
na. (Sonriendo y dando un golpecito en la cara á Luisa.) 

Luisa. — (Bajando la vista.) ¡Señora! 

La MARQ^Ya me darás pronto otro nombre más cariñoso! 

MA~RQjjÉs.-(Interrumpiendo la conversación.) ¡Hermosa casa tiene 
usted señor de Pimentel! 

Andrés. — (Aparte.) Este no quiere dejar á la mujer que avance, 
hasta que él plantee la cuestión de los cuartos. 

La M.ARQ*(Reparando en Andrés.) ¡Señor Ramírez no le había 
visto! 

Andrés. — (Saludando.) ¡Marquesa! ¡Marqués! 

La Marq? ¿Sigue usted como siempre tan original? ( Todos se ríen.) 

Luisa , — Sentémonos un rato, si es que no quieren ustedes pa- 
sar al jardín á tomar el fresco. Esta noche como hace 
ahora tanto calor en Madrid, hemos tenido la idea 
de organizar el baile en el jardín. He mandado cons- 
truir un gran tablado para la música. Todo está 
alumbrado con luz eléctrica 

La MARQ^Ya hemos visto las luces desde la calle. Siendo en 
casa de don Justo Pimentel ha de estar la fiesta es- 
pléndida. Apuesto que mañana será la recepción de 
hoy el acontecimiento en todo Madrid. 

(Se sientan todos. La Marquesa comienza á observar 
la sala.) ¡Y qué sala tan rica! ¡Qué gusto! Tiene ra- 
zón mi marido, señor Pimentel. Esta es la casa mejor 
y más elegante de la Corte! 



; __ i7 

Andrés. — (Aparte.) ¡Y Luisa el mejor partido! (Luisa y Jor- 
ge hablan aparte. Andrés los observa.) Luisa sigue 
enrojeciendo y él sigue temblando. JMalo! 

El criado — Don Diego de Avendaño. 

ESCENA VIII 

Los mismos. D. Diego, luego D. Luís Martínez, La señora 
de Martínez y la Baronesa. 

Andrés. — (Aparte.) ¡Este otro bribón siempre es ave de mal 

agüero! 
D. Justo.--Mí amigo Avendaño ¿viene solo? 
Luisa . — ¿Y Azucena? ¿Y la señora? 

Avendaño— (Saluda á todos, menos á Andrés.) Azucena está lige- 
ramente indispuesta 

La Marq? — (Aparte.) ¡Y él viene solo á up,a recepción! ¡Qué 

estraño! ;; >^ 

Jorge. — - (Aparte.) ¡Y yo que acabo de ver á Azucena! 
Luisa . — El señor de Avendaño ¿no conoce al señor Ramírez? 

Avendaño — (Inclinándose.) No tenía el honor 

D. JvsTO.-^Presentándolos.) Mi excelente amigo don Diego de 
Avendaño, banquero y representante en Madrid del 
Barón Herz. (Avendaño se inclina.) Mi amigo que- 
ridísimo, también, don Andrés Ramírez, que no pue- 
de ofenderse porque le llamen el hombre más origi- 
nal de Madrid. (Todos se ríen.) 
Andrés. — Pues yo si tenía el gusto de conocer á este caballero 

desde hace tiempo 

Avendaño — (Cortesmente.) ¡No recuerdo! 
El Marqués. — (Aparte.) ¡Si don Justo no interviene, el original 
le suelta al otro una fresca! 

Andrés. — Hará ocho años en Lyon. 

Avendaño — (Turbándose.) Sí, puede ser 

Andrés. — Usted entonces era el cajero principal del Orédit Lyo- 

nnais 

La Marq* — (Al Marqués.) ¡Qué mal gusto! ¡Para recordarle que 

ha sido empleado! 
El Marqués. — O para recordarle algo peor, por que ese no se 

anda con chiquitas. 
Avendaño — (Queriendo cortar la conversación); ¡Ah sí! ¡Ya re- 
cuerdo! ¡Cómo está usted señor Ramírez! (Hace 
ademán de tenderle la mano.) 
Andrés.— (Como si no le hubiera visto.) Yo fui aquel español 
que me presenté á cobrar un cheque de trescientos 



18 • ; 

mil francos, que ustedes no me pagaron (Atención 

general.) 

El Marqués. — [Cómo! ¡Imposible! ¡Hombre! ¡El Crédit Lyon- 
nais!... 

D. JusTO.-Usted habría girado en descubierto y no tendría 
fondos en la casa 

Andrés. — Usted, don Justo, buscándole siempre á todo la mejor 
justificación posible. Pues no señor, este caballero, 
que era el cajero, sabe muy bien que yo tenía dinero 
allí bastante para responder al giro, ó que debía te- 
nerlo y la prueba es que aún cuando he dicho que 
no me pagaron, me equivoqué, porque al fin, sí me 
pagaron. (Con intención.) ¿No es verdad, señor de 
Avendaño? 

Avendaño — (Serenándose.) Si señores, esa fué una gran estafa 
que se intentó hacer á este caballero. El primer 
cheque era falso. Naturalmente, cuando se presentó 
el vetéadero se protestó el pago; pero descubierto 
todo, el estafador fué preso y hoy está en presidio 
pagando su osadía. 

Andrés. — Ya que no pudo pagar el cheque porque no se le en- 
contró una peseta. 

D JusTO.--¿Perdió entonces el Crédit Lyonnais trescientos mil 
francos? 

Andrés. — Usted hubiera sido capaz de perderlos, don Justo; 
pero no esa sociedad. Quien pagó fué el señor Aven- 
daño, cajero, y yo lo siento, por que se trataba de un 
compatriota. 

Avendaño — Muchas gracias. (¡Este hombre se ha propuesto 
perseguirme!) 

Andrés. — -El culpable 

El criado — Don Luís Martínez y señora. 

Andrés. — (Aparte.) No, don Luis Martínez no fué el culpable, 
pero también merecía estar en presidio más que el 
infeliz que se encuentra allí en lugar de Avendaño. 

La Marquesa —(Al Marqués:) ¡Qué escena tan desagradable! 
¡Gracias á Dios que acabó bien! 

El criado — La baronesa de Ruibal. 

Andrés. — (Aparte.) ¡Otra que bien baila! ¡Y esta es la socie- 
dad moderna! (Luisa se adelanta á recibir á la Baro- 
nesa.) 

La Baronesa. — (A Luisa.) Mi visita á esta casa es hoy intere- 
sada... 

Andrés. — (Con ironía) ¡Oh, Baronesa! ¡Cuándo no se ha ins- 
pirado la Baronesa de Ruibal en el interés de los po- 



bres, en el amor y la protección de los desvalidos! 
¿Cuándo, con esa caridad inagotable que la distingue, 
ha dejado de venir á estos salones, donde reina la 
felicidad, á pedir al lujo una limosna para la miseria? 

La Baronesa. — Yo me confundo, señor Ramírez. Yo no aspi- 
ro á esos elogios inmerecidos: la fama del mundo. 

Andrés. — La fama del mundo, Baronesa, no es nada: jla recom- 
pensa del cielo es la que importa! 

La Marquesa — Baronesa, usted es la providencia de los pobres! 

El Marqués — ¡La alegría del desgraciado! 

La Sra. de Martínez.— ¡El ángel de la Caridad! 

Avendaño — Cuente usted conmigo, Baronesa, para todas sus 
obras benéficas! 

La Baronesa. — (A Avendaño) ¡Dios se lo pagará á usted! 

El Marqués.— ¡Y conmigo! 

D. Luís Martínez. — ¡Y conmigo! 

Jorge. — ¡Y, conmigo! 

Andrés. — (Aparte.) La vanidad disfrazada de virtud. (Seña- 
lando á todos) ¡Un coro de ángeles! 

Avendaño — (Aparte á don Justo.) Necesito hablar con usted in- 
mediatamente sin que nadie nos oiga. Se trata del 
asunto de París, en que usted está perdido 

D ; JusTO.-jCielos! 

Avendaño. — Ordene usted que comience la fiesta en el jardín 
cuanto antes y cuando todos estén en el baile, aquí 
le espero. 

El Marqués. — {Aparte á don Justo. ) Quisiera hablarle 

D. Justo.--( Turbado) Ah sí, señor Marqués, dentro de un mo- 
mento estaré con usted en la biblioteca. 

Andrés. — (Aparte) El Marqués y Avendaño han hablado ca- 
da uno misteriosamente á don Justo: este á la iz- 
quierda el otro a la derecha. Dos cuervos: uno para 
cada ojo. 

Luisa . — ¿No queréis ver el jardín iluminado? Hay un ca- 
mino de enredaderas hasta el pabellón de la música. 
Quisiera conocer su opinión, Marquesa, sobre el gus- 
to de ese trabajo. 

La Marquesa. — ¡Vamos, hija mía, vamos! 

Luisa. — (A los demás) ¿No queréis venir? (Todos la siguen) 
(Don Justo da él brazo á la Marquesa. El Marqués á 
Luisa. Jorge á la ^Baronesa) 

Andrés. — Usted conmigo señor Martínez. (Dándole el brazo) 
Tenemos que hablar 

Martínez. — Usted dispense, señor Ramírez, no le había conoei- 
do... 



20 

Andrés. — Pues yo también le conozco á usted desde hace tiem- 
po. ¡Hombre! ¿Ya se olvidó usted? 

Martínez. — (Aparte.) ¡Como podré escaparme! (Alto.) ¿No sa- 
be usted la noticia de la noche? (Con misterio.) ¡Gra- 
ve! ¡muy grave! El pobre Pimentel (Saca un perió- 
dico.) 

Andrés.— Pues veamos, veamos. (Salen.) 



ESGENA IX 

Jorge. (Entra por la segunda puerta de la izquierda. ) 

Jorge. — Luisa me hizo seña de que volviera aquí. No sé por 
qué tengo miedo. La presencia de ese don Andrés 
Ramirez, me hace daño. Pero él ¿qué tiene que ver 
conmigo? Todo se arreglará esta noche. Don Justo 
Pimentel ¿no es uno de los banqueros más ricos de 
Madrid? ¿No está conforme en mi matrimonio con 
Luisa? ¿Ella, no está loca por mí? Yo ¿no estoy con- 
forme en coger ese milloncejo de dote? ¿Todo no ha 
de parar en bien?... ¡Pues entonces!... Pero la verdad 
es que haber seducido á Luisa fué una locura! ¿Qué 
necesidad tenía yo de ponerme en este aprieto? Pero 
vaya usted á preguntarlo, cuando uno es joven y tie- 
ne delante á una mujer como esa! (Entra Juana.) 

ESCENA X 
Jorge y Juana. 

Juana .— « Señorito, al verle salir del jardín le he seguido, por- 
que tengo que hablarle. 

JoRGtí. — ¿Qué pasa? 

Juana . — La señorita está muy nerviosa, llorando continua- 
mente y comprometiendo la situación. Es necesario 
que usted la calme, ó estoy perdida. Yo sirvo en esta 
casa desde hace diez años y sé que don Justo es el 
mejor de los hombres; pero, |ay! nunca me perdona- 
ría la complicidad en una ofensa á su honra. Haga 
usted, por Dios, que el Marqués pida pronto la mano 
de Luisa, para que termine esta situación angustiosa. 

Jorge. — ¡Pero señor! ¿qué más pronto que esta noche? 

Juana . — Ahí viene la señorita. 



m 21 

ESCENA XI 

Los mismos. Luisa. 

Luisa. — Ponte á la puerta Juana y tose si alguien viene. (Juana 
se pone en lapuerta del foro) He dejado á Papá solo aten- 
diendo á los amigos. ¿Jorge, habló tu padre al mío? 

Jorge. — Ahora creo que le está hablando, Luisa. 

Luisa . — No; papá con quien habla aparte es con Avendaño. 
¡Jorge! ¡Jorge! Es necesario que esto se arregle. Yo 
he cometido un crimen horrible con el mejor de los 
padres. Si él lo supiera, Jorge, caería muerto en el 
acto como por un rayo y yo, yo no viviría un instan- 
te más. ¿Lo dudas? ¿Crees que la muerte me impor- 
ta? ¿Supones que el valor me falta? 

Jorge. — No; Luisa de mi alma; pero verdaderamente no hay 
motivos para tanto. Dentro de un instante, nuestros 
padres pactarán nuestra felicidad eterna y en breve, 
tal vez en días, seremos para siempre el uno del otro, 
ante la ley y ante el mundo. Pero ¡ay! Luisa... ¡tu 
no me amas! ¡Te arrepientes de ser mía! 

Luisa . — ¡Jorge! ¡Eso nunca! 

(Aparece Andrés por la segunda puerta de la izquier- 
da, sin que lo vea Juana. ) 

Jorge. — Ese llanto en tus ojos, esa agitación eñ todo tu ser, 
ese acento de reproche 

Luisa . — ¡Reproche! ¡Reproche! ¡Dios mío! ¡Y tu pronuncias 
esa palabra! ¡Tú que eres mi vida y mi único pensa- 
miento! Pero tu eres bueno ¿no es verdad? Tu no 
puedes querer que mi padre se entere, tu no puedes 
querer, Jorge, que mi padre se entere de mi estado, 
que él, y yo... y tú, seamos el escándalo y ludibrio 
de la sociedad entera! 

Jorge. — Pero, señor ¡qué ideas! ¿Cómo puede suceder seme- 
jante cosa? ¿No soy yo un hombre de honor? ¿No 
soy un caballero? ¿Acaso no te amo? Aunque el mun- 
do entero se opusiera á nuestro matrimonio, en lugar 
de encontrarse de acuerdo, como lo están, nuestros 
padres ¿dudas, Luisa, que yo te llevaría al altar, le- 
vantada la frente y desafiando á ese mundo? 

Luisa . — ¡Jorge! ¡Qué noble eres! ¡Si pudieras saber cuanto te 
amo! (Jorge le estrecha la cintura y le da un beso. Jua- 
na tose. Se separan violentamente. Jorge desaparece con 
Juana por el fondo. Luisa intenta salir por la izquierda 
pero u encuentra con Anéis), 



22 ]j_ _ _ 

ESCENA XII 

Andrés y Luisa 

Andrés.— Ciertas eran mis deducciones. ¡Pobre D. Justo Pi- 
mentel! ¡Esperas la felicidad y ya han entrado en tu 
hogar la desgracia y la deshonra! 

Luisa . — ¡Caballero! 

Andrés. — ¿Qué haré? ¿Diré á esta locuela lo que merece? ¿In- 
tervendré aquí para remediar esta desgracia? ¡Tente, 
Quijote! ¡A tí que te importa! 

Luisa . — ¡Caballero! 

Andrés. — Usted perdone, no la había visto. 

Luisa . — Caballero, usted si ha visto lo que según su costum- 
bre, no tenía derecho de ver. (Con altivez.) Si el rubor 
pudiera cortarme la palabra, la indignación me des- 
ataría la lengua! 

Andrés, — Pues bien, sí he visto, ya que es usted tan valiente. 
He visto lo que quizá no me importe, he oído lo que 
tal vez tenga usted razón, no debiera haber oído; 
pero ¡ojalá que no haya visto, ni oído demasiado tar- 
de! (fijándole la vista.) Usted es harto temeraria cuan- 
do ha faltado á sus deberes de hija. 

Luisa . — ¡Insolente! 

Andrés. — Hasta el extremo de que tal vez cause usted esta no- 
che la muerte de don Justo 

Luisa . — Sí, porque usted cometerá la heroica hazaña de decir- 
le todo. 

Andrés. — No, porque esta noche han de ocurrir en esta casa 
escenas terribles y ¡ay de él! y ¡ay de usted! si todo 
se descubre. Oiga usted, Luisa. Acabo de enterarme 
de que su padre de usted está arruinado 

Luisa . — ¡Cielos! 

Andrés. — La noticia circula ya en los periódicos de la noche y 
no ha faltado, entre todo ese mundo miserable que 
viene á las casas ricas como buitres á la presa, quien 
haya traido el ejemplar de un periódico que circula 
ahí fuera de mano en mano. Mañana la rica here- 
dera de don Justo Pimentel será una pobre sin dote 
y el Marqués no consentirá en el matrimonio de su 
hijo con ella. 

Luisa. — Pero ¡Dios mío! ¡Usted me está asesinando!- ¡Confíese 
usted que es un canalla!... 

Andrés. — He querido decir á usted toda la verdad, para que 
comprenda la inmensidad d© au falta y la gravedad 



23 

de su situación. Si usted no se casa, Luisa, usted ma- 
tará á su padre, porque al fin y al cabo la deshonra 
se descubrirá, y él á su edad, con sus achaques, no 
podrá resistir tan rudo golpe. Pues yo le propongo 
'un remedio. Mi padre debió su fortuna á la protec- 
ción de Pimentel: esa fortuna que yo gozo sin haber- 
la trabajado. Yo tengo de capital dos millones de 
pesetas y vivo sólo en el mundo. Para mí no es un 
gran sacrificio dotarla á usted, y así cumpliré una 
deuda de gratitud, que, créalo, ¡}^a me pesaba!... Co- 
rra usted, retenga á su padre en el jardín, mientras 
yo hablo con el Marqués, le explico la ruina de doh 
Justo y le firmo el contrato para la dote. Corra, que 
nos falta el tiempo. Deje usted que la salve, el indis- 
creto de hace un rato (con amargura) el insolente y 
el canalla de ahora! 

Luisa. — No sé que me ocurre... no puedo hablar... me siento 
clavada á la tierra... (Romped llorar.) ¡Perdón! ¡Per- 
dón! noble amigo. 

Andrés. — Corra usted, Luisa. (La agarra por el brazo y la empuja 
al fondo.) Pronto, antes que el Marqués se retire, ente- 
rado de la noticia. Al fin. Ahí vienen. Puede ser que 
no haya tiempo. Usted tiene la culpa. (Imperativamen- 
te.) Salga usted ahora pronto y déjeme con ellos. (Luisa 
sale. Andrés se queda en un extremo observando, sin ser 
visto de ellos, al Marqués y á don Justo que entran por el 
fondo.) 

ESCENA XIII 

El Marques, don Justo. Andrés. 

D. JusTO.-Usted me ha honrado sobremanera , Marqués , 
al hacerme esa petición. Yo sé que á mi hija no 
desagrada Jorge: cuento anticipadamente con su 
consentimiento y no puedo por menos de dar el mío. 
(Aparte.) ¡Avendaño no está aquí! 

Andrés.— (Aparte.) ¡Nada sabe todavía! 

El Marqués— Mil gracias, señor Pimentel. Queda sólo por arre- 
glar la cuestión material de intereses y de esa podre- 
mos tratar mañana, si usted no tiene inconveniente. 

D. JusTO.-Ninguno, Marqués. Usted fijará la hora. 

El Marqués.— Mil gracias, repito. Con el permiso de usted 
vuelvo á dar á mi esposa la buena nueva. 

Andrés. — (Aparte.) Y yo á cortarte el camino para que no te 
arrepientae mañana» (El Marqués sale, Andrés va á 



24 : _ 

seguirle; pero ve entrar por la izquierda á Avendaño y 
se detiene al oír las primeras palabras que le dice don 
Justo.) 

ESCENA XIV 

D. Justo, Avendaño y Andrés. 

D. JusTO.-Avendaño, no me proponga usted un crimen. 

Avendaño — Usted llama un crimen á mi proposición porque 
no se ha hecho cargo de su situación verdadera. 

D. Jusm-Sí, pierdo en Paris, medio millón de francos. Pues 
bien, aunque perdiera la última peseta, sería incapaz 
de lo que usted quiere. 

Avendaño —Pues bien, lo que ha perdido usted es hasta la últi- 
ma peseta. La quiebra de los NeulJy, donde usted 
tenía todos sus fondos propios, es completa. 

D. Justo.-¡Díos mío! 

Avendaño— Mañana la noticia circulará en toda la prensa y sus 
clientes de usted le retirarán inmediatamente sus 
fondos. Tiene usted tiempo todavía esta noche. Ex- 
tráigalos usted de la caja: entregúemelos y yo salvo 
ese dinero, la mitad para usted. Tengo modo, us- 
ted lo sabe, de que la quiebra de los Neully aparez- 
ca mayor y lá responsabilidad criminal de usted 
quedará cubierta. Los cien mil pesos del Marqués 
de Urrutia, ya aparecen en París. 

Andrés. — (Aparte.) ¡Él cajero de Lyon! ¡siempre el mismo! 

Avendaño — Piense usted en su hija y en la miseria. Aguardo 
su contestación. 

Andrés. — (Aparte.) ¡Naturaleza humana! ¡Desconfío de tí! ¡Si 
don Justo fuera otro miserable no volvería yo á ser 
Quijote en mi vida! 

D. Justo.-¡Mí hija! ¡Mi hija! ¡La miseria! ¡La miseria! (An- 
drés hace un movimiento de atención.) 

Avendaño — ¡Acabe usted Pimentel! 

D. JvsTO.-(Levantando la cabeza.) Te he escuchado con pa- 
ciencia hasta el , fia y por ño dar un escándalo en 
esta casa y entristecer á esa pobre hija, cuyo nom- 
bre ha querido manchar pronunciándolo tu torpe 
lengua, no te he echado las manos al cuello, mi- 
serable y te he estrangulado como un perro. Pero 
ella te salva. Márchate canalla, (alzando la voz) 
márchate, si no quieres que la paciencia me llegue 
á faltar. 



25 

Andrés.— (Aparte.) No es bueno, es santo. 

Avendaño — ¡Pimentel, se pierde usted para siempre! 

D. Justo.-¡Ví1! (Levanta una silla para lanzársela. Andrés se in- 
terpone. Entran corriendo é invaden la sala dando 
gritos todos los personajes. Los criados rodean á don 
Justo como para defenderle. Luisa se precipita en bra- 
zos de su padre.) 

Todos . — ¿Que es esto? 

ESCENA XV 
El Marques. La Marquesa, Luisa, Jorge, etcétera. 

El Marqués. — ¡Señor Pimentel, señor de Avendaño! ¿Qué pasa? 

D. Justo. -(Serenándose.) Señores, perdonadme, si en mi casa 
sufrís este disgusto. Pero no he podido contenerme 
cuando ese hombre me propuso una estafa horrible... 

Andrés. — Yo he sido testigo. 

El Marqués.— (Con severidad.) ¡Cómo! ¡Una estafa! ¡Qué pala- 
bras son esas! 

Avendaño — Dejadme hablar. Don Justo Pimentel está arruina- 
do. (Movimiento general de asombro.) Don Justo Pi- 
mentel ha perdido esta tarde diez millones en la 
quiebra de Neully en París. 

D. Luís Martínez. — (Sacando un periódico.) Lo dice La Co- 
rrespondencia. 

El Marqués. — (Arrebatándole el periódico y abriéndolo ávidamen- 
te.) ¡Diez millones! 

Todos . — ¡Diez millones! 

La Marquesa. — Pues entonces 

Jorge. — En la miseria 

Avendaño — (Cínicamente.) Digan ustedes ahora; entre don 
Justo Pimentel arruinado y don Diego Avendaño, 
quien puede ser el estafador. 

D. Jusm-Cobarde! (Intenta lanzarse sobre él. El Marqués se inter- 
pone.) 

El Marqués.— (Con dignidad.) Calma, don Justo. Este hombre 
en primer lugar, está en su casa de usted, y en según-, 
do, es un caballero. 

Todos 1 . — ¡Sí! un caballero! 

Andrés. — El caballero escapó del asunto del cheque de Lyon, 
pero ahora de mi mano no se escapa. 

El Marqués. — Y además, es necesario dar algunas explicaciones. 
Nosotros comprendemos que este no es el lugar más 
apropósito para aclarar ciertos particulares; pero 



26 _ 

tampoco lo es para este escándalo. Por otra parte, in- 
tereses sagrados 

D. Jusm-Pues bien, señores, es cierto. ¡Estoy arruinado, pero 
arruinado, porque mañana pagaré á todos mis acree- 
dores cuanto les adeuda mi casa! 

El Marqués. — Cumplirá usted con su deber. Y ahora, com- 
prenda usted, señor Pimentel, que todo ha concluido 
entre nosotros. En la situación moral en que usted se 
encuentra, por que para mí el dinero no tiene valor al- 
guno, el matrimonio de nuestros hijos es imposible. 

D. JusTO.-jSituación moral! ¡Dios mió, hasta cuando quieres 
probarme! ¡Deténgase usted, Marqués! ¡Una palabra! 

El Marqués.— Es inútil. (Dando el brazo á la Marquesa.) 

La Marquesa. — ¡Vamos, hijo mío! Esto es un escándalo. 

D. Luís Martínez. — ¡Un escándalo! 

La Sra. de Martínez. — Un escándalo impropio de la buena 
sociedad. 

La Baronesa. — ¡Un escándalo! ¡Un escándalo horrible! 

Luisa . — ¡Jorge! 

Jorge . — Yo cumpliré mi deber! 

Luisa . — (Con efusión.) ¡Gracias! 

Jorge . — Obedeciendo á mis padres 

Luisa . — ¡Cielos, porque no os desplomáis! ¡Vida, para que te 
quiero! 

D. JuSTO.-( Que cruzado de brazos, en actitud terrible los ha contem- 
plado á todos). ¡Luisa Pimentel no implora, sino le- 
vanta la cabeza! (Luisa da un grito, arrojándose en 
brazos de su padre). 

Andrés. — (A Luisa.) ¡Calla ó lo asesinas! 

Luisa. — ¡Perdón, padre mió! (Salen todos menos D. Justo, An- 
drés y Luisa). 

ESCENA XVI 

Don Justo. Andrés. Luisa. 

D. JuSTO.-¡Todos se van! ¡Miserables! 

Andrés. — ¡Discúlpelos usted, D. Justo! ¡Tenga usted ahora in- 
dulgencia! 

D. Justo.-¡ Todos no! ¡Usted ha estado conmigo! ¡Todavía que- 
da usted! (Le da la mano.) 

Luisa . — ¡Todavía queda usted, alma noble! 

Andrés. — Sí, todavía quedo yo; pero yo soy el hombre más ori- 
ginal de Madrid! 

FIN DEL PRIMER ACT© 



ACTO SEGUNDO 



Antesala en casa del Marqués de Urrutia. Puertas á los dos lados y 
una al fondo. 



ESCENA PRIMERA 

La Marquesa. La señora de Aveñdaño. La Baronesa de 
Ruibal. La señora de Martínez. (Estas hablando en gru- 
po á un lado.) El Marqués y don Diego. (Formando 
otro grupo junto á una mesa.) Azucena y Jorge. (Sentados 
en un sofá hacia el fondo.) Luego el Criad©. 

Baronesa — ¿Será posible? 

La Marq* — Como ustedes lo oyen, 

La Sra. de Martínez. — Pero señor, esa gente se ha propuesto 
perderlo todo. 

La Marq? — Bajemos la voz, para que no puedan enterarse los 
chicos. (Señalando á Azucena y á Jorge) 

El Marqués. — (A don Diego) ¡Admirable, admirable combina- 
ción! Yo soy un hombre poco dado á la lisonja, ami- 
go Avendaño. Mi carácter independiente, franco, 
altivo, me crea, bien lo sé, poderosas enemistades; pe- 
ro ¿qué quiere usted? yo soy así. Pues bien, acepte 
la opinión honrada de un hombre que no miente 
nunca: desde e] tiempo de Cabarrús, usted es el genio 
financiero más grande que ha producido España. 

Don Diego. — Su opinión, Marqués, me llena de orgullo: más 
permítame, no por modestia, sino por justicia, que la 
atribuya a la bondadosa amistad que usted me pro- 
fesa y que le hace exagerar mis merecimientos. 

El Marqués. — ¡Eso nunca! ¿Exagerar yo? La verdad, la ver- 
dad únicamente brota de mis labios. A mí las pasio- 
nes no ni© ciegan: yo sería capaz de .condenar á mi 



28 , 

propio hijo si cometiese una falta, en lugar de ser, co- 
rno es, á Dios gracias, para honra suya y mía, modelo 
de amor filial y de sentimientos generosos. Nada, se- 
ñor de Avendaño, tiene usted que aceptar el elogio. 

Avendaño— ¿Y me cree usted capaz de admitir tales alabanzas 
en presencia de usted? ¿Me cree usted tan insensato, 
cuando me encuentro ante el consultor constante de 
todos nuestros ministros de Hacienda, ante el autor 
de la nueva ley Agraria, ante el émulo de Jovella- 
nos, ante el gran hacendista Marqués de Urrutia? 

El Marqués. — ¡Gracias! ¡Gracias! ¡No me conmueva usted! {Pa- 
sándose un "pañuelo por los ojos). En este siglo de mi- 
seria y podredumbre, en que la envidia es la reina 
de los corazones; ¡cuan raro es encontrar hombres 
como usted, amigo Avendaño! 

Azuceha. — (A Jorge.) ¿Pero es cierto que usted me ama? 

Jorge . — Mis labios no mienten jamás. Azucena, blanea y be- 
lla Azucena, nunca he sentido pasión más honda 
que la que me han inspirado esos ojos divinos 

Azucena. — (Con coquetería.) Repito que es mentira. 

La Sra. de Avendaño. — ¡Jesús cuánto cinismo! 

La Sra. de Martínez.— ¡Qué asco! 

La Baronesa.— Pero dice usted que la chica 

La Marquesa. — ¡Completamente una perdida! 

La Sra. de Avendaño. — ¡Pues de buena se han librado ustedes, 
pobres amigos! Ahora hay que prepararse, porque 
gente de esa calaña es capaz de todo. Inventarán que 
Jorge... es... en fin... usted me entiende... y como 
ellos no tienen ya nada que perder con el escándalo 
y ustedes sí, pretenderán ir á los tribunales llevarlos 
á ustedes ajuicio oral...... 

LA Marquesa. — ¡Ah! ¡No tenga usted cuidado, Domitila! 
¿Acaso hemos llegado ya en España hasta ese punto? 
¿Acaso las personas decentes estamos así á ía dis- 
posición de los especuladores de honras? ¡Pues no 
faltaba más! ¡Mi marido habló esta mañana del caso 
con el Ministro de Gracia y Justicia y donde se mue- 
van... van á saber lo que es bueno! 

La Baronesa. — ¡Bien hecho! 

La Marquesa. — ¡Pues ya lo creo, Baronesa! 

La BARONESA.^-¡Por supuesto, Marquesa! 

La Sra. Avendaño. — (Aparte.) ¡Baronesa, Marquesa! ¡Y este 
Avendaño que no acaba de comprar el título, ahora 
que están tan baratos! ¿Y habrá quien diga que m i 
marido es xm gran financiero? 



29_ 

La Sra. de Martínez. — (Aparte.) ¡Y el necio de Martínez ne- 
gado á ser duque! 

El Marqué 3. — {Admirable, admirable repito! Decididamente es 
usted un genio. Pero señor ¿cómo era posible que se- 
mejante cosa cupiera en la cabeza de don Justo 
Pimentel? 

Avendaño— El pobre don Justo, no tenía el cerebro organizado 
para la finanza. Torpeza, tras torpeza 

El Marqué9. — ¡No, eso no, ahora sí que no estoy conforme con 
usted, y usted me perdone!... ¿Qué es eso de torpezas? 
Usted ea demasiado bueno, pero ya su bondad pica 
en historia. (Alzando la voz.) El hombre que como 
Pimentel produce un pánico financiero en toda la 
nación, el hombre que como Pimentel traiciona la 
sagrada confianza que en él teníamos depositados 
todos, no tiene disculpa. Yo tal vez no perte- 
nezca á estos tiempos; pero en los míos, se lla- 
maba á las cosas por su nombre y yo las llamo; 
el señor Pimentel, señor Aven daño, es un pillo, y si 
yo no le viera entre presidiarios con un grillete 
al pié, es porque ya no hay moralidad, ni jus- 
ticia. 

La Baronesa. — ¡Muy bien dicho! 

Las Sras. de Avendaño y Martínez.*— ¡Muy bien! 

La Marquesa.— Mi marido no puede transigir. Para él la rec- 
titud y la honradez es antes que todo. 

Azucena.— (A Jorge.) ¡Pues no lo creo! 

Jorge . — ¡Dame esa flor! 

Azucena. — ¡Pídesela á Luisa! 

Jorge . — ¿Será posible, Azucena que me ofendas de ese mo- 
do? ¿Tu nombrar á Luisa? ¿Tu ponerte enfrente de 
una mujer perdida? ¿Tu, la hija de don Diego de 
Avendaño, enfrente de la hija de Pimentel? ¿Tú 
creerme capaz de arrastrar mi nombre y mi propio 
decoro por el fango? 

Azucena. — ¿No la amas? 

Jorge . — ¡Azucena! 

Azucena.— ¿No la has amado nunca? 

Jorge . — ¡Jamás! 

Azucena. — ¡Toma! (Le da la flor.) 

La Marquesa.— Pero Baronesa ¿cómo puede extrañar á usted 
la conducta de don Andrés Ramírez? ¿Cómo puede 
extrañarle que defienda á esa gente? ¿No sabe usted 
que Ramírez?...... 

La Baronesa.— -¡Es verdad, Ramírez está chiflado! 



30 

La Marquesa. — ¡Chiflado! ¡Entonces usted no sabe nada! {Com- 
pasivamente) ¡Ay, que buena, es usted Baronesa! 

La Sra. de Avendaño.— ¡Baronesa, que buena es usted! 

La Sra. de Martínez. — ¡Ay Baronesa! ¡Qué corazón tan gene- 
roso tiene usted! 

La Baronesa.— ( Confundida) . ¡Pero! 

La Marquesa. — Pero no es extraño que usted no lo sepa; usted 
que siempre anda en los centros religiosos y de cari- 
dad, donde solo se habla de amor seráfico y de virtud 
¿cómo ha de oir ciertas cosas? ¿Qué dirían, Baro- 
nesa, Las hermanitas de San Ildefonso? ¿Qué dirían 
Las compañeras de los niños? 

La Sra. de Avendaño, — ¿Que dirían Las Protectoras del Pobre? 

La Sra. de Martínez. — ¿Que dirían Los Angeles del hogar y to- 
das las nobles damas de esas admirables instituciones 
que usted preside, Baronesa? 

La Marquesa.— ¡Que dirían! 

La Baronesa.— (Aparte) ¿Y estas me preguntan que dirían? Pues 
no dirían nada, sino se lo dirían á medio Madrid! 
(Alto) Pero sepamos, en fin, que le pasa á Ramírez? 

La Marquesa.— Yo sería incapaz de decírselo á usted, si no me 
lo hubiera preguntado... (Con misterio) ¡Ramírez es el 
amante de Luisa! 

La Baronesa. — ¡Jesús qué infame! (Abanicándose con nerviosi- 
dad) Y Jorge, el pobre Jorge, iba á ser la víctima! 
¡Jesús! yo me ahogo! ¡No puedo oir semejantes crí- 
menes! ¡En que época vivimos! 

La Marquesa.— ¡Oh, admirable mujer! 

La Baronesa. — ¡No puedo más! ¡Me marcho! Ustedes dispensen. 
(Levantándose) ¡Ahora mismo voy á consultar este 
caso grave á mi confesor! (Todos se levantan.) 

El Criado. — (Dirigiéndose al marqués y entregándole una targda 
en una bandeja) Este caballero desea ver al señor 
Marqués con urgencia. 

El Marqués. — (Leyendo la targeta.) Andrés Ramírez. 

La Baronesa.— ¡Jesús María y José! ¡Qué cinismo! 

La Sra. de Avendaño.— ¡Y ustedes consienten que ese hombre 
se presente en su casa! 

La Baronesa. — Yo le mandaría á echar á palos por el portero! 

La Sra. de Martínez. — Y yo. 

La Sra. de Avendaño. — Yo no lo pensaría tanto. 

La Marquesa. — ¡Me asombra su osadía! ¡Voy á dar orden de 
que lo echen! 

Jorge . — Nó, mamá, yo iré á entendérmelas con él y te asegu- 
ro (Hace acometimiento de salir.) 



31_ 

Azucena. — (Interponiéndosele.) ¡Jorge! 

El Marqués. — No señor; únicamente yo, tengo el derecho de 
hablar con ese hombre. Yo no quiero en mi casa es- 
cándalos. En cuarenta años, no se ha llamado aquí la 
atención de nadie. La energía del carácter no está re- 
ñida con la serenidad. Hay que saber, ante todo, que 
pretende... 

Avendaño — ¡Sabia determinación, digna del talento y pruden- 
cia del Marqués! 

El Marqués. — Salgamos todos. (^L Jorge y Avendaño.) Ustedes 
á mis habitaciones. Ustedes por allí. (Señalando la 
derecha á las señoras.) Yo iré con ustedes un momento 
porque hay que recibirlo con dignidad haciéndole 
esperar. (Al criado.) Cuando todos nos marchemos 
que entre ese hombre en esta sala. (Salen. El Mar- 
qués, Avendaño y Jorge, por la izquierda.) 

ESCENA II 

El Criado y Andrés. (El criado cuando todos se han ido, sa- 
le y vuelve con Andrés. Le dá unos periódicos.) 

El Criado.— El señor Marqués está en el baño. Tome usted la 
prensa del día. (S* va.) 

Andrés. — (Mirando al rededor.) ¡Nido de víboras! Me pareció 
desde el corredor sentirlas silbando!... (Pone los pe- 
riódicos sobre la mesa.) ¡La prensa del día! (Toma un 
periódico.) Amplia tela tienen, por cierto, los periódi- 
cos con el suceso eñ casa de don Justo. (Lee.) El es- 
cándalo de anoche. Hermoso título ¡válgame el cielo! 
para vender veinte mil ejemplares. El escándalo: eso 
es lo que todo el mundo quiere, y busca, eso es lo 
q[ue entretiene el ocio de los viejos, lo que exalta la 
imaginación de la mujer, lo que aprende el niño á 
comentar, desde que habla, porque sin escándalo no 
hay murmuración, sin murmuración no hay calum- 
nia, y sin murmuración y calumnia la vida social es 
muy monótona. El periodista, que todo lo debe sa- 
ber, ó por lo menos, todo lo debe decir, hace de sus 
papeles fuelles que encienden esta hoguera; pero la 
responsabilidad no es suya. ¿Qué tiene de extraño 
que los periódicos mientan é injurien, si por eso más 
se les compra? Los hipócritas fariseos que de todo se 
persignan, no cesan de hablar de los desmanes de la 
prensa; pero son los primeros en correr tras los pe- 



32 



riódicos de escándalo y leerlos con avidez. ¿Qué cul- 
pa tiene entonces, el periodista? El periodista, repre- 
sentante de la opinión, lo único que hace es vender 
escándalo, ya que tan bien se le paga y decir: ¿lo que- 
réis? Pues tomadlo, tomadlo, y vengan pesetas, mu- 
chas pesetas. 

¡Ahí ¡El periodista ideal, el gran misionero, dedi- 
cado á corregir la opinión, á destronar la injusticia y 
á reprimir el abuso, es un ser sublime! La pluma en 
su mano es la espada del Arcángel que hiere á 
Satanás. El periódico, dirijido por él, es fuente 
de enseñanza, de virtud y de ejemplo. Mas ¿dón- 
de encuentra el apoyo de esa misma opinión, qué 
pretende él encauzar? ¿Dónde está ese público de 
lectores imparciales, justos, inflexiblemente honra- 
dos, que sólo amen la verdad y el deber? La 
mayoría del mundo no se compone, por cierto, de 
Pimenteles, sino de Urrutias y A véndanos! 

Pues no faltaba más, por ejemplo, sino que ahora 
un periódico de Madrid dijera que don Justo Pimen- 
tel es un santo y denigrara al encopetado Marqués 
de Urrutia y al millonario don Diego de Avendaño, 
por todos festejados, acatados y admirados en la Cor- 
te. Diríase en seguida que se trataba de un chantaje 
asqueroso y los demás periódicos y el ministerio Fis- 
cal y quien sabe si hasta loa ministros intervendrían 
indignados para dar con el periodista en la cárcel. 

Yo aplaudiría ¡ya lo creo! Pero esto de imprimir 

periódicos para mí solo, no es un negocio muy se- 
ductor en este tiempo de positivismo 



ESCENA III 
ElJMarqués, Andeés y luego la Baronesa 

Andrés.— Pero ahí viene mi hombre. Ya me olvidaba yo 
hasta de donde estaba y á qué vine con la manía de 
filosofar queme consume 

El Marqués. — (Con solemnidad.) ¡Señor Kamírez! 

Andrés. — (Levantándose y después de mirarlo un rato.) Usted 
pensará, sin duda, á juzgar por el aire solemne y se- 
vero con que me recibe, que yo vengo á provocar 
aquí, después del desagradable lance de anoche, en 
que me puse del lado del señor Pimentel, alguna 



33 

nueva escena dramática. Pues se equivoca usted. 

El Marqués. — Entonces 

Andrés. — Entonces se figura usted que vengo, metiéndome 
fraile predicador, á echarle á usted sermones sobre 
Jorge, Luisa y don Justo Pues se equivoca usted. 

El Marqués. — Pues acabe 

Andrés.—- Le digo á usted que se equivoca en todo lo que us- 
ted haya creido, crea y pueda creer sobre mi visita. 
Yo, señor mío, vengo aquí á darle á usted dinero. 

El Marqués. — ¡Señor Ramírez! 

Andrés. — Mucho dinero. 

El Marqués — Comprenda usted que ese lenguaje extraño...... 

Andrés. — Cien mil duros. 

El Marqués—O usted ha perdido la razón, ó usted no sabe 
con quien habla 

Andrés. — Doscientos mil duros. 

El Marqués.— Porque yo no sé, señor Ramírez, que cosa es la 

que usted pretende. Mi posición, mi nombre 

( Todo esto turbado ante la actitud de Andrés) 

Andrés. — Doscientos mil duros; aquí están, (Saca la cartera.) 

El Marqués. — (Sonriendo.) ¡Hombre! 

Andrés. — Pero, aguarde usted, un instante. Ante todo, cuan- 
do vaya usted á cobrarlos, tenga cuidado de que el 
cajero no sea su probo amigo don Diego de Avenda- 
ño y luego siéntese usted, porque antes ne- 
cesito decirle dos palabras. 

El Marqués.— (Aparte) Me inspira curiosidad. (El Marqués 
mira á derecha é izquierda) 

Andrés. — Es verdad, vea usted si alguien nos oye. Registre 
usted detrás de esa puerta. (Señalando á la derecha. 
El Marqués se acerca á la puerta: la Baronesa, que esta- 
ba oyendo, sale sorprendida) 

La Baronesa. — ¡Ay! ¡Ustedes dispensen! ¡Venía á buscar mi 
sombrero, que he dejado olvidado sobre el sofá! 

Andrés. — ¡Señora, si lo lleva usted puesto! 

La Baronesa. — (Confundida) ¡Ah! Es verdad, es verdad, uste- 
des dispensen. (Sale. Andrés cierra la puerta detrás de 
ella) ¡Bien decía yo que por aquí silbaban víboras! 
(Pausa. Se sientan) 

El Marqués.— Usted dirá. 

Andrés. — Sin ambajes ni rodeos: doscientos mil duros por el 
matrimonio de Jorge con Luisa. 

El MarquÉ3. — (Levantándose violentamente.) ¡Imposible! ¡Si eso 
es todo lo que usted desea, yo toco este timbre, vie- 
nen mis criados y 



34 

Andrés. — Si usted toca ese timbre y vienen sus criados, en lu- 
gar de recibir doscientos mil duros, perderá usted 
toda la fortuna de su mujer. 

El Marqués. — (Sentándose.) ¿Qué dice usted? toda 

Andrés. — La fortuna de la Marquesa de Urrutia! 

El Marqués. — (Volviéndose á levantar.) ¡Hombre! ¡Usted está 
demente! ¡Vaya una conversación extraña y (acercán- 
dose al timbre) vaya una paciencia la mía que no le 
mando á usted á la casa de orates! 

Andrés. — (Deteniéndole la mano y hablando al mismo tiempo.) 
La fortuna de la Marquesa de Urrutia; cien mil duros 
que para invertir en títulos franceses entregó usted 
hace tres días á don Diego de Avendaño en una 
orden contra la casa de Pimentel. 

El Marqués.— ¡Cómo! ¡Usted sabe! (Con ansiedad.) ¡Siga! Hable! 

Andrés. — (Con desprecio.) ¡No, hombre, no! ¡Toque usted el tim- 
bre, toque! 

El Marqués. — (Nervioso.) Es que Avendaño está en casa y fá- 
cil sería averiguar 

Andrés. — Si usted lo entera de lo que he dicho, está perdido 
ese dinero. Yo se lo aseguro. 

El Marqués.— ¡Dios mío, hable usted! 

Andrés. — Oiga. Avendaño propuso anoche una estafa á Pi- 
mentel 

El Marqués.— Sí! 

Andrés. — ¡Como sí! ¡Y anoche mismo no decía usted que Aven- 
daño era un caballero! 

El Marqués. — ¡Por Dios! ¡Acabe usted! 

Andrés. — (Aparte.) (Cómo me gozo en el martirio de este mi- 
serable!) Pues bien; la estafa no se realizó porque 
don Justo Pimentel, que es un hombre más honrado 
y más puro que Avendaño y que usted y que toda 
la ralea de bandidos que al rededor de usted se agi- 
tan. (Alzando la voz.) 

El Marqués.— (Suplicante.) ¡No alce, no alce usted la voz! Si- 
ga, siga. 

Andrés, — Pues Pimentel, digo, no quiso aceptar la estafa; pero 
en la trama, que en parte se puede realizar todavía, 
es usted una de las víctimas de Avendaño. 

El Marqués. — ¡Pero si es cierto, ahora hago yo prender á Aven- 
daño en esta casa y ó me devolverá mi dinero ó irá 
á la cárcel! No; me lo devolverá. El es millonario 
(riéndose) no faltará en donde cobrarse. (Riéndose.) 
Pero hombre ¡qué comedia se trae usted! 

Andrés.— Se equivoca usted. Cuando vaya usted á cobrar no 



35 

encontrará una peseta. Si hoy don Justo Pimentel 
se arruinó pagando hasta el último céntimo, mañana 
don Diego de Avendaño quebrará, sin pagar á nadie, 
porque su quiebra será fraudulenta, y todo lo que 
tiene está en lugar seguro. 

El Marqués.— ¡Ah bribón! 

Andrés. — ¡No! ¡caballero! ¡si usted lo decía anoche! Prés- 
teme atención. La casa de Neully, que ha quebrado 
en París, se ha puesto de acuerdo con Avendaño. 
Este quería que don Justo no pagara á nadie, por 
que toda su existencia en metálico podría aparecer, 
en combinación con Avendaño, como depositada en 
casa de los Neully. Pues bien: los cien mil duros 
de la Marquesa, aparecen ahora en las cuentas de 
esa casa quebrada. Usted dio orden á Pimentel de 
pagar á Avendaño ¿no es verdad? Don Justo pagó. 
Su responsabilidad está á cubierto de toda duda. 
Quien le responde á usted es Avendaño. ¿No es cier- 
to? Pues yo soy el que responde ahora de que ese 
dinero está perdido, si usted se descuida, porque no 
hay constancia de otra cosa sino de que pertenecien- 
do á don Diego de Avendaño, éste lo había deposi- 
tado en el banco en quiebra de París Pero tenga 

usted serenidad, el dinero no ha caído todavía, aun- 
que le parezca á usted increible, en manus de Aven- 
daño. Ese es mi secreto. 

El Marqués. — ¿Dónde está? 

Andrés. — ¡Ah! El dinero está bien guardado. 

El Marqués.— ¡Hable usted! 

Andrés. — ¡El que debe hablar es usted! 

El Marqués. — ¡Dios mío! ¡Dioa mío! ¡Apiádese usted de un 
pobre padre! ¡Esa es toda nuestra fortuna! ¡Sin ella, 
nos aguarda la ruina! ¡Mi hijo! ¡Qué será de mi 
hijo! ¡Hable usted por el amor de su madre! 

Andrés. — ¡El matrimonio de Luisa! 

El Marqués. — ¡Sea! ¡Pero mi fortuna! 

Andrés. — Ahora, llame usted á Avendaño. 

ESCENA IV 

Los mismos y Avendaño. {El Marqués solé y vuelve con Aven- 
daño.) 

El Marqués. — (A Avendaño.) Señor Avendaño, venga usted, 
¡venga usted! 



36 _ 

Avendaño. — (Al ver á Andrés.) ¡Otra vez ese hombre! 

Andrés. — Tome usted asiento. Marqués usted aquí á mi de- 
recha. (A Avendaño.) Usted aquí á mi izquierda. 
( A uno y á otro.) ¡Calma! ' ¡calma! ( A Avendaño.) ¡No 
hay nada que temer, serénese. (Al Marqués.) ¡Calma! 
¡Está usted seguro! 

El Marqués. — (Con espanto.) ¡Pero Dios mío! ¡Si Avendaño 
ha cojido el dinero! 

Avendaño.— (Con dignida d.) Señor Marqués esta escena...... 

¡En su casa! « ¡Esas frases! (Levantándose.) 

Andrés. — ¡Calma! ¡Calma! Le repito que no hay temor. Ha- 
ce ocho años, señor don Diego, sí estuvo usted en pe- 
ligro; pero hoy nada le pasará si es usted razonable. 

Avendaño.— ¡Marqués, usted consiente que este hombre en su 
propia casa! .. . ¡Marqués!... ¡Esta escena inesperada!... 

El Marqués.— ¡Pero hombre, acabe usted de oir por el amor 
de Dios! 

Andrés. — Señor Avendaño, dentro de pocos momentos usted ven- 
drá conmigo y juntos traeremos al Marqués de Urru- 
tia los cien mil duros que él le entregó hace tres días! 

Avendaño. — (Con dignidad.) ¡Si el Marqués consiente ese len- 
guaje, yo no estoy dispuesto a tolerarlo! El Marqués 
me ha entregado esa suma, honrando con alta é in- 
merecida confianza mi talento financiero, más basta 
la menor duda para que yo en el acto devuelva el 
depósito y exija en seguida á usted, señor Ramírez, 

satisfacción cumplida de su actitud y sus palabras 

(Hace que se vá.) 

El Marqués. — (Deteniéndole y dándole el brazo.) ¡No, hombre, 
no! Lo que es usted no vá solo. ¡Iremos los tres! 
¡Yo tendré el gusto de acompañarle! 

Avendaño. — ¡Marqués! ¡Usted es el mismo que me hablaba, 
hace poco! 

El Marqués. — ¡El mismo, amigo mío, el mismo, y le repito 
que acabo de convencerme, con más certeza que nun- 
ca, que desde los tiempos de Cabarrus acá, no hay 
otro financiero más conspicuo que usted en toda Es- 
paña! Pero acabemos. ¿Dónde está el dinero? 

ESCENA V 

Los mismos y Luisa. El Criado. 

El criado. — La señorita Luisa Pimentel. 

Andrés.— ¡Luisa aquí! 

El Marqués.— ¡Hable usted! 



j __ 37 

Andrés.— (Al criado.) ¡Qué pase! 

(El criado sale y en seguida entra Luisa) 
El Marqués. — (Aparte) ¡Oh rabia! Han tramado una conspi- 
ración y me han cojido en sus redes! (Entra Luisa) 
Luisa . — ¡Ramírez! (Pausa.) Noble amigo; para usted ¿qué se- 
cretos puede tener esta desgraciada? 
El Marqués. — (Aparte) Si yo pudiera arrancar á ese hombre 
mi salvación y luego castigarlo! (A Avendaño sin 
soltarlo) ¿Quién tiene el dinero en fin? 
Avendaño— Don Justo Pimentel. 
El Marqués. — ¡Estoy perdido! ¡El lazo es admirable! 
Luisa. — Señor Marqués: yo no vengo á esta casa á implorar 
conmiseración ni á mendigar reparaciones. (Alzando 
la frente con altivez.) Yo quiero únicamente hablar 

con Jorge una palabra 

Andrés.— -Luisa, es inútil ya. El Marques acaba de otorgar el 
consentimiento para la boda de Jorge con usted. Yo 
me encargaré de arreglar hoy toda la documenta- 
ción y en breve se casarán ustedes. 
Luisa. — Pero... ¡yo sueño!... 
Andrés. — Conteste usted Marques. 

El Marqués. — (Como quien hace un esfuerzo) Sí, es verdad. Pe- 
ro el dinero 

Andrés. — Al firmar usted la escritura, señor Marqués, recibirá 

el dinero de la Marquesa, más doscientos mil duros 

más. Ya lo vé usted insigne hacendista; en vez de 

cien mil duros de pérdida, doscientos mil de ganancia. 

Avendaño— (Aparte) ¡Negocio redondo! 

El Marqués.— Mearte.) Lucho entre mil encontradas ideas. 
Estos miserables triunfan, triunfan! ¡Qué vergüen- 
za! Pero si yo no consiento ¿cuál será mi suerte? Pe- 
ro el escándalo, el escándalo! Después que mi mujer 
ha dicho á todo el mundo que Kamírez es el amante 

de Luisa!... ¡Y lo será sin duda! ¡Lo será! 

Andrés. — (Al Marqués) No piense usted un instante más. Lla- 
me usted á Jorge. 
Luisa . — Pero... ¡Dios mío!... ¿Qué es esto? Kamírez ¿yo sue- 
ño? ¿Pronto el matrimonio? ¿Mi padre no se enterará 
de mi deshonra? 
Andrés.— El Marqués irá esta tarde conmigo á casa de don 
Justo, á darle toda clase de satisfacciones y don Justo, 
que siempre perdona, perdonará ahora, por usted, 
Luisa! 
uisa. — ¡Cielos! ¡ Andrés, usted sabe que ese matrimonióme 
importa, solamente por mi padre¿ porque preferible 



38 

era para mí la reclusión en un convento á vivir con 
un nombre á quien amé hasta anoche con amor in- 
menso; pero á quien desprecio desde anoche con toda 
mi alma! 

El Ma-rqvéq.—C Aparte J ¡Y yo lo oigo! 

Luisa , — Yo no comprendo todavía lo que en esta casa ha 
sucedido. Yo vine aquí para probar, por última 
vez, si el hombre á quien todo lo he sacrificado, te- 
nía siquiera una última fibra de generosidad en el 
corazón, no para cumplir un deber, no para cum- 
plir un juramento, sino para salvar del más hondo 
de los dolores los últimos días de un noble y desgra- 
ciado anciano... Pocas, pocas esperanzas abrigaba 
y al haberlas perdido aquí habría decretado mi 
muerte antes de causar la muerte de mi padre. 

Andrés. — ¡Luisa! 

Luisa. — Sí; pero ahora usted me ha salvado... ¡Usted, el ángel 
protector de nuestra casa, usted el más grande, el 
más sublime de los hombres! 

Andrés. — {Enternecido.) Gracias... gracias, Luisa. Yo cumplo 
mi deber. Pero no perdamos tiempo... (Al Marqués.) 
¡Qué venga Jorge!... 

El Marqués. — (Aparte y cerrándolos puños,) ¡Cuánta humi- 
llación! 

El criado — (Al Marqués) Don Justo Pimentel solicita al señor 
Marqués urgentemente. Dice que le es-imposible 
aguardar y que se trata de un asunto muy importante. 

Luisa . — ¡Mi padre! (Espantada.) ¡No quiero que me vea! 

Andrés. — (Al criado.) Dígale usted que el Marqués no está en 
casa! 

El Marqués. — (Aparte.) ¡No sabe que están aquí! (Al criado.) 
Dígale usted que entre. (El criado sale.) 

Andrés. — ¡ Ah! ¡Por aquí! (Empuja á Luisa á la primera habita- 
ción de la derecha y cierra la puerta. En el mismo ins- 
tante aparece en el fondo don Justo Pimentel.) 

ESCENA VI 

Los mismos y Don Justo. 

D. Justo.-(.4 Andrés.) Amigo Ramírez, usted perdone que ha- 
ya venido sin esperar su vuelta: usted tardaba y yo 
soy algo impaciente en estos asuntos. 

Andrés» — (Con sangre fría.) Mi tardanza es explicable. El 
Marqués, el señor Avendaño y yo tratábamos de 



39__ 

otro negocio de interés. ¿Cree usted que no me ocupo 
también de mis propios asuntos? 

D. JuSTO.-Hace usted bien. Aunque el triunfo ó la desgracia 
no dependen de la voluntad del hombre, el que no 
trabaja por el triunfo merece la desgracia... No inte- 
rrumpiré á ustedes mucho tiempo. Lo que necesito 
decir al señor Marqués es breve y no tengo inconve- 
niente en que usted lo oiga, puesto que usted lo sabe, 
ni tampoco el señor Avendaño puesto que casualmente 
se requiere su presencia. El entrar yo en esta casa, 
señor Marqués, podrá extrañarle, porque usted ano- 
che públicamente me dijo que todo había concluido 
entre nosotros y no soy yo, por cierto, el llamado á 
satisfacer en este caso. Pero si todo ha concluido en 
cuanto á las relaciones personales entre el Marqués 
de Urrutia y don Justo Pimentel, todo no ha con- 
cluido, entre Pimentel el banquero y el Marqués de 
Urrutia su cliente... 

Andrés. — (Aparte.) ¡Va á destruir mi obra! 

D. JusTO.-Esta mañana, señor Marqués, al hacer mi último 
arqueo, he encontrado en mi caja cien mil duros de 
más, que aun cuando aparecen pertenecer á otra per- 
sona, son en realidad de usted: usted me dio orden 
hace tres días de entregar ese dinero á don Diego de 
Avendaño que le otorgó por él un recibo; Avendaño 
dejó el dinero en mi casa y esta mañana se ha pre- 
sentado á recogerlo; pero como quiera que la misma 
suma aparece, indebidamente en París, entre las deu- 
das de la casa de Neully á la mía, no he querido hacer 
la entrega, sin decirle lo que pasaba. Mejor dicho, creo 
lo más acertado entregar á usted esa cantidad, porque 
usted es su legítimo dueño, en presencia de don Die- 
go de Avendaño y usted entonces ó la dará de nuevo 
á él ó resolverá lo que tenga por conveniente: ya mi 
responsabilidad habrá terminado. 

Avendaño. — (Aparte.) ¡Necio! 

D. JusTO.-Supliqué á mi amigo el señor Ramírez que viniera á 
poner el hecho en conocimiento de usted (al Marqués) 
y aguardaba su respuesta, más como tardó tanto, us- 
ted no llegaba á buscar lo suyo y yo pienso salir de 
Madrid esta noche, me he resuelto á venir en persona 
con el dinero y aquí estoy. 

Andrés. — Don Justo, usted no puede entregar ese dinero ahora 
al Marqués. 

D k JusTó^Cómo! ¡No me consta que es suyo! 



40 

Andrés. — Mejor dicho usted do debe. 

D. JusTO.-jQue yo do debo devolver á su dueño lo que do me 
perteuece! 

Andrés. — Usted do debel 

D. Justo.~( C<m severidad.) Amigo Ramírez, ó usted do es el 
mismo á quieu yo lie conocido siempre, ó usted ha 
perdido el juicio! 

Andrés/ — Todo es posible. Hace un rato me decía lo mismo el 
señor Marqués... Pues bien; locura ó no locura (re- 
sueltamente) usted do eDtregará ese dinero mientras 
yo tenga vida... 

D. JüSTO.-jCierto, se ha vuelto loco!... 

Andrés. — (A don Justo.) ¡El loco eres tu; que labras sin saberlo 
tu ruina! 

ESCENA VII 

Los mismos. Jorge. 

Jorge . — ¡Padre mió! ¡Estas voces! 

El Marqués. — Nada pasa, Jorge, no temas. 

D. JusTO.-Señor Avendaño; los cien mil duros de la Marquesa 
de Urrutia, que usted me pidió esta mañana.... 

Avendaño— (Con dignidad.) ¡Para devolverlos al señor Marqués, 
caballero! 

D. JusTO.-Pues bien: aquí los tiene el señor Marqués... (Saca 
un paquete de billetes y los entrega á Urrutia, apartando 
á Andrés con la mano izquierda. El Marqués se lanza 
precipitadamente sobre la mesa y cuenta el dinero.) 

El Marqués. — ¡Sí! ¡Veinte mil! ¡Treinta mil! ¡Cincuenta mil! 
¡Cien mil! ¡Sí! ¡Sí! ¡Esto es! (Mientras cuenta Andrés 
se le acerca.) 

Andrés. — Urrutia, cumple tu palabra! Ya has visto la nobleza 
de ese anciano! (El Marqués alza la cabeza y lo mira 
un momento con odio.) ¿No quieres? (bajo.) 

El Marqués. — ¡Ahora, ni por todo el oro de la tierra! 

Andrés. — ¡Tiembla ante mi venganza! 

El Marqués. — ¡Qué me importa la tuya, si tengo ya la mía! 
¡Andrea! ¡Juana! (Dirigiéndose á laizquierda.) ¡Que 
venga todo el mundo, los criados también! 

ESCENA VIII 

Los mismos. La Marquesa. La Baronesa. Las Sr as. de Aven- 
daño y Martínez. Azucena. Los Criados. Luego Luisa. 

El Marqués.— Todos* todos aquí Quiero que me sirváis de 



_ i 41 

testigos, porque ahora mismo voy á mandar á bus- 
car al juez! 

Andrés. — ¿Qué intentas, miserable? 

El Marqués. — Señores: vais á ser testigos de cómo don Andrés 
Ramírez, ese que veis ahí, ha venido á esta casa pa- 
ra que yo, el Marqués de Urrutia, consienta, por di- 
nero, en el matrimonio de mi hijo, con Luisa Pi- 
mentel! 

D. JusTO.-jQué habla ese hombre! 

El Marqués.— ¡Por qué tratan estos miserables de cubrir con 
mi nombre su deshonra, porqué creen posible que el 
hijo del Marqués de Urrutia sea el marido de la que- 
rida de Andrés Ramírez! 

{Mientras el Marqués habla, don Justo adelanta lenta- 
mente hacia él en ademán terrible; pero se detiene como 
quien va á caer, apoyándose en una silla.) 

Andrés. — ¡Mentira! ¡Mentira! ¡Ese hombre no ha dicho 

esa infamia!... No puede decirla! ¡Yo no la he oido! 
¡Estoy loco! ¡Sí! ¡Tenéis razón! 

D. Justo.-¡Sí! ¡Este hombre no ha podido decir eso...... ni yo 

he podido oirlo ni él puede vivir después de ha- 
berío dicho y sin embargo, él lo ha dicho y yo 

lo he oido y él vive! (Volviéndose de repente.) 

¡Ramírez] ¡Este hombre miente! ¿No es cierto? ¡Este 
hombre miente! 

Luisa . — (Precipitándose desde la habitación de la izquierda y 
cruzando por delante de todos.) ¡Sí, miente! (Don Jus- 
to al verla da un grito. Luisa agarra violentamente á 
Jorge.) ¡Habla! ¡Tú! 

La Marquesa. — ¡Jorge, hijo mío! 

Azucena. — ¡Jorge! 

Luisa . — ¡Habla! (Sacudiéndolo.) 

D. Justo.-( Con voz ahogada.) ¡Luisa! ¡Lui...sa! (Cae.) 

Luisa. — ¡Te he matado! (Abrazándolo.) ¡Padre! ¡Padre! 

D. Justo.-¡Tú!... ¡Tú! (Muere.) 

Andrés. — (Acercándose rápidamente á don Justo.) ¡Muerto! 

Todos . — ¡Muerto! 

(Se retiran espantados hacia al fondo formando cua- 
dro, menos Luisa, que sigue abrazada á don Justo y 
Andrés, de pié á su lado.) 

Andrés. — ¡Providencia! ¡Si es verdad que premias al bueno 
en otra vida, porqué en esta permites el triunfo de 
los infames! 

FIN B>B& BEOUND© ACTO 






EFILO&O 



Sala en un hospital. Una cama á la izquierda, al lado de una ven- 
tana cerrada. Junto á la cama una mesa y sobre la mesa una campani- 
lla, un vaso y un jarro de agua. Luisa, profundamente demacrada y en- 
ferma, sentada en un sillón. 



ESCENA PRIMERA 

Luisa. El Doctor. 

Luisa . — ¡La muerte se-aproxiina, Doctor y no sabe usted cuan- 
ta alegría me produce verla llegar!... ¡Yo soy mu} r 
desgraciada y hace seis años era tan feliz! ¿Usted no 
cree en la fatalidad? ¿Usted no cree en que hay seres 
nacidos para el infortunio y que forzosamente han de 
morir en él? Se dice siempre que cada uno es el au- 
tor de su propia ruina; pero el yerro que comete el 
afortunado es falta que tiene enmienda y la falta co- 
metida por el desgraciado es crimen que castiga con 
crueldad el destino! (Pausa.) ¡Y cuánta ha sido con- 
migo esa crueldad! ¡Hasta en la hora de la muerte 
me persigue implacable condenación y veo triunfan- 
tes á todos los que me empujaron al abismo, como si 
la Providencia quisiera decirme con eso, que yo, sola 
yo, soy la infame y ellos, los buenos y los justos. 
(Llora.) ¡Ya usted vé, buen Doctor, todavía tengo lá- 
grimas! 

El Doctor. — ¡Pobre amiga mía! ¡Su historia debe ser bien 
triste! 

Luisa . — ¡Horrible! ¡Horrible! (Echándose de espaldas sobre el 
sillón.) ¡Ayl ¡Qué dulce me es ahora volver la vis- 
ta atrás y recordar las miserias de mi existencia! Seis 
años he pasado riendo: mis desgraciadas compañeras* 



44 

en esa vida de ludibrio y vergüenza en que pude 
olvidarme hasta de quien era, me llamaban La Risa, 
Juana la Bisa, como usted me conoce también... Pero 
¡ay! el que rie olvida su dolor sólo un momento para 
tenerlo otra vez con más violencia, como el que toma 
esa morfina que usted suele darme , Doctor, aunque 
no tanto como yo quisiera... 
El Doctor. — (Con dulzura.) ¡Ah! Si yo accediera á todo lo que 

usted me pide... 
Luisa . —(Como abstraída) ¿La muerte duele mucho, Doctor? 
(El Doctor sonríe) ¡ Ay! ¡Por qué yo no me acabaré de 
morir! 
El Doctor. — ¿No recuerda usted que me ha prometido ser 
muy juiciosa? ¿Ya falta usted á su palabra? Enton- 
ces me veré obligado á no volver hoy por aquí... 
Luisa . — (Suplicante) ¡No! 

El Doctor. — Ni á permitir que venga á visitarla una persona... 
Luisa . — - (Con avidez) ¿A mí? ¿Quién?... ¿Ramírez? ¿Usted lo 

ha encontrado? 
El Doctor. — ¡Cálmese! ¡Cálmese! (Luisa lo mira con ansiedad) 
Sí, lo he encontrado y ha recibido la carta que usted 
le escribió. 
Luisa . — ¡Gracias! ¡Gracias! (Llorando) Doctor, estas lágrimas 

no son de dolor, son de felicidad! 
El Doctor. — No se emocione usted tanto: puede volverle el 

ahogo, y... 
Luisa . — Bien, Doctor... Pero ¿cree usted que mi pobre cora- 
zón enfermo, no encuentra alivio en la alegría?... 
El Doctor.— ¡Usted siempre igual! ¿Quién le ha dicho que está 

enferma del corazón? 
Luisa . — El mismo. ¿Cree usted que él no me lo dice? ¿Cree 
usted que cuando me ahogo, no es el corazón lo que 
siento en la garganta? 
El Doctor. — ¡Sensación nerviosa! 
Luisa . — ¡Ay! ¡Doctor! ¡No quiera usted engañarme: si á. mi no 

me importa! 
El Doctor.— Yo no la engaño... Juana. (Levantándose) Tengo 
que dejarla ahora. La casa reclama mi atención hoy 
más que nunca. Cumplen dos años de la fundación 
de este instituto y la fiesta comenzará dentro de poco. 
Puede ser que la Directiva pase visita y hasta tal vez 
vinieran aquí... 
Luisa . — (Suplicante) ¡Doctor, no los deje usted venir! ¡No los 

deje usted entrar! 
El Doctor,— Yo haré lo posible, lo posible. Pero la Baronesa 



45 

de Ruibal es una mujer de tenacidad tan insoporta- 
ble 

Luisa. — ¡La conozco! Ella se complace en presidir estas socie- 
dades filantrópicas, no por aliviar el infortunio, sino 
por gozarse contemplándolo de cerca!... ¡Dios mío!.... 
¡Qué triste ha sido mi destino al parar en esta casa! 

El Doctor. — Tenga usted paciencia Juana. (Con dulzura.) Pron- 
to podrá usted salir, completamente buena. 

Luisa .-—¡Buena!... ¡Buena!... ¿Para qué? El estar buena no 
me importa: lo que me importa es que el mundo me 
tome por buena, si yo vuelvo á serlo. ¡Ay, pero yo 
no he sido mala nunca, Doctor!... A mí otros me 
arrojaron al fango... Si yo no podía hacer otra cosa... 
A mí me hicieron pecadora.... ¡Dios mío! ¡Dios mío! 
¡Cuándo dejaré de sufrir!... ¡La espiación no lava la 
culpa! 

El Doctor. — (Enternecido.) Juana, serénese usted; no permiti- 
ré que ninguna persona que haya de causarle des- 
agrado entre en esta casa. 

Luisa . — (Le dá la mano.) Usted e3 bueno, ¿verdad? 

El Doctor.-— Adiós, hasta luego. ¡Sea usted razonable!... 

Luisa . — ¡Adiós, Doctor! 

(El Doctor sale.) 

ESCENA II 

Luisa, sola. 

Luisa . — ¡Cuánta lástima debo inspirar yo á todo el que tenga 
en el alma un átomo siquiera de caridad, cuando es- 
te hombre, acostumbrado, á ver los dolores humanos, 

se detiene eñ mi camino á compadecerme! 

¡Ah! ¡Yo soy muy culpable, yo soy muy vil; pero, 
Dios mío, he recorrido ya el vía crucis con mi pesa-, 
da carga de sufrimientos y el rostro azotado y escar- 
necido! (Pausa.) ¡Hoy viene él! ¡El corazón me lo 
dice! ¿Tendré fuerzas para resistir su mirada cuan- 
do me encuentre en esta situación y me vea en esta 
casa? Mas ¡que pregunta! ¡A mí faltarme fuerzas! 
¡A mí que pude resistir la última mirada de mi pa- 
dre, y que todavía, después de resistirla, pude vivir 
para arrastrarme por el fango! (Pausa.) ¡Pero no! 
El podría preguntarme, porqué no le escribí y le 
llamé antes, cuando todavía era á su juicio mujer 
bueña; aunque los demás, todos los demás, me man- 



_46_ 

cillaran y calumniaran... ¡Hoy!... ¡Ni siquiera para 
él!... ¡Hoy todos tienen razón!... ¡Nó! ¡Nó! ¡Que no 
venga!... ¡Qué no venga! ¡Doctor! {Llamando.) ¡Doc- 
tor! (Se levanta, haciendo un esfuerzo para tocar la 
campanilla que debe estar sobre la mesa junto á la ca- 
ma) ¡Esa campanilla!... ¡Tan lejos!... ¡No puedo!... 
(Vuelve á caer en el sillón.) ¡Necia de mí! ¿Para qué 
decirle que no venga, si de todos modos no ha de 
encontrarme?... (Pausa.) Sí; no es posible que él 
llegue hoy: no está en Madrid: el doctor habrá tenido 
que enviarle la carta lejos... muy lejos... y la muerte 
está cerca... ¡muy cerca! 

ESCENA III 

La Hermana de la Caridad y Luisa. 

Hermana. — ¿Llamaba usted, hermana? 

Luisa . — ¡No!... ¡Ah!... ¡Sí!... ¡Es que no puedo abrir aquella 
ventana y quisiera un poco de aire! 

Hermana. — (Aparte.) ¡Qué mal parece! (Alto.) ¿No quiere usted 
hermana, los auxilios de un padre espiritual? 

Luisa. — (Aparte.) ¡Ha visto que voy á morir! (Alto.) ¡Gracias!... 
¡No! ¡Si me siento muy bien! El doctor me ha dicho 
que hoy podré salir... ¿Quisiera usted abrir esa ven- 
tana, hermanita? 

Hekmana. — (Aparte.) Los médicos hacen todo lo que pueden 
porque los enfermos no se confiesen. Voy á poner el 
caso en conocimiento de la señora Baronesa. (Suena 
á lo lejos un órgano.) 

Luisa . — ¿Qué música es esa? 

Hermana. -Es de la fiesta en la capilla. ¿No sabe usted que 
hoy es el segundo aniversario de la fundación de esta 
casa? 

Luisa. — ¡Ah! ¡Sí; pero ese órgano preludia un responso! 

Hermana. — Son las honras fúnebres que se celebran todos los 
años por el alma del fundador 

Luisa . — ¡Don Diego de Avendaño! 

Hermana. — ¡Sí, el gran banquero!.. ¡Qué bueno! ¡Qué bueno era! 
El facilitó á la Baronesa deRuibal, el dinero para este 
instituto... ¿No lo sabe usted? Todos los periódi- 
cos hablaron de ese rasgo de filantropía... ¡Ay!... 
Porque la Baronesa, la Baronesa es también muy 

buena ¿No la conoce usted? ¡Se desvive por los 

pobres!... Pero ¿usted qué tiene? Usted se ahoga!... 



47_ 

Voy á llamar al padre! ¡Ay! Pero, ahora está en 

la capilla ¡aguarde usted un momento! 

Luisa. — ¡No, si no es nada hermana No es nada...,. 

Ya ha pasado ¿No vé usted que no es nada? 

Hermana. — ¿Se siente usted mejor? ¿Quiere un poco de agua? 
(Le da un vaso.) 

Luisa . — (Después de beber.) ¡Gracias! Siga usted, siga us- 
ted, hermana, habiéndome de don Diego de Aven- 
daño. 

ílERMANA.^-La hija de don Diego, es riquísima Cuando se 

casó la dote fué de más de un millón de duros 

¡Y el marido! Don Jorge; ¡tan bueno, tan bueno, 

también! 

Luisa . — Jorge Arencibia, hijo del Marqués de Urrutia 

Hermana. — El mismo el mismo Aquí están hoy 

(Luisa se incorpora) en la fiesta El regaló la Ca- 
pilla 

Luisa . — ¿También está ahí Azucena? 

Hermana. — La misma la misma ¿Usted la conoce? 

¿quién no la conoce en Madrid? ¡Usted está muy pá- 
lida! ¿Le ha vuelto el ahogo? 

Luisa.. — Nó ¡nada! ¿Y Jorge es muy feliz en su matri- 
monio? 

Hermana. — ¿Quién? ¿El señor de Arencibia? ¡Muy feliz, 

hermana, muy feliz! Pero la gente que e§ tan buena 
¿puede dejar de ser feliz en este mundo? Tienen 
dos niños que parecen dos ángeles...,, ¡Ay! ¡Pero 
usted está muy mala! ¡Déjeme usted llamar! 

Luisa . — ¡Aire, hermana! ¡Aire y reposo! 

Hermana. — (Aparte.) Esta se muere. (La mira fijamente.) ¡Y si 
no hablo pronto á la Baronesa, se muere sin confesión. 
( Váse corriendo.) 

ESCENA IV 

Luisa sola 

Luisa . — (Mirando la ventana cerrada.) ¡Aire! ¡Luz! 

¡Qué horrible morir en las tinieblas! ¡Tengo miedo! 
¡Tengo frío! ¿Por qué no viene Andrés? ¡Ellos aquí, 
ellos aquí y Andrés tan lejos! ¡Padre! ¡Padre! (Al- 
zando los ojos y uniendo las manos.) ¡Yo falté á mi de- 
ber, yo te causé la muerte, padre mío; pero tú que 
eras tan bueno y que ves ahora cuanto sufro, tú, pa- 
dre, perdonarás á tu pobre Luisa! (Pausa.) ¡Ay! ¡Me 



_48_ 

encuentro mejor! He sentido algo inefable sobre mi 
frente: un beso del cielo en un rayo de luz! (Queda 
adormecida.) 

ESCENA V 

Luisa. El Doctor y La Baronesa (en el fondo. J 

El Doctor. — Señora, es imposible. Yo respondo de esa pobre 
enferma y mi deber es evitar lo que pueda matarla. 
Ella no ha de morir hoy si la dejan tranquila, pero 
una emoción violenta puede traer un desenlace fatal. 

La Baronesa.^- Yo presido esta institución de caridad y al sa- 
lón de la fiesta han ido a avisarme que una asilada, 
de vida pecadora y en peligro de muerte, se opone á 
la salvación de su alma. Yo necesito verla. La cari- 
dad me lo ordeaa: déjeme usted cumplir con mi 
deber. 

El Doctor. — Señora, no impida usted que yo cumpla con el 
mío. 

La Baronesa.— (Imperativamente.) ¡Yo soy la Presidenta de la 
institución, usted es un empleado y yo le ordeno que 
me deje pasar! 

El Doctor.— (Inclinándose.) Señora, desde este instante, admi- 
tfcsusted mi dimisión. ( Vase: la Baronesa se adelanta 
sin responderle^ y se acerca á Luisa.) 

ESCENA VI 

La Baronesa y Luisa. 

La Baronesa. — Vamos á ver, hija mía, tenga usted juicio. Us- 
ted está muy mala; ¿por qué se niega usted á recibir 
el sacramento? 

Luisa . — ¡Pero yo ¡señora! ¡Yo no me he negado! 

Yo he dicho que ahora estoy bien qué luego 

puede venir el padre No hay tanta prisa y 

ahora él está ocupado. 

La Baronesa. — Es verdad, es verdad, hija Me alegro, me 

alegro Así podrá usted prepararse mejor 

¡Tendrá usted tanto que decir! Hija mía ¿por qué 
usted antes de venir á esta casa, no se acogió, cuando 
estaba buena, á la Hermandad de la Bedención,^ esa 
admirable sociedad que recoje á las mujeres perdidas 
y les da trabajo y las prepara á la virtud? 



49 



Luisa . — ¡Señora, yo no he venido á esta casa! 

La Baronesa. — ¿Cómo? 

Luisa . — ¡ A mí me reeojieron en la calle! 

La Baronesa. — ¿Borracha? 

Luisa . — (Incorporándose.) ¡Señora! 

La Baronesa. — No se ofenda, no se ofenda usted, hija mía. Las 

mujeres de su clase suelen cometer esos excesos. 

La falta de moralidad, el impudor 

Luisa . — ( Volviendo á caer en el sillón.) ¡Si ya no puedo tener 
ni energía! ¡Padre, padre! ¡Éste es mi castigo! ¡Todo 
lo merezco! 

La Baronesa. — Usted, hija, carecería de buenos ejemplos en la 
infancia. Su madre 

Luisa . — ¡Yo no conocí á mi madre, señora! ¡La perdí al 

; ^:" ^ ( nacer! 

La Baronesa. — Pues justo, justo, lo que yo decía. Entregada 
usted únicamente al ejemplo de un hombre, en este 
siglo de corrupción y podredumbre, ¿cual otra iba á 
ser su suerte, desgraciada? ¿Por qué su padre no la 
encerró á usted en un convento, para que no presen- 
ciara en sus primeros años, las escenas de ludibrio y 
escarnio de los más castos sentimientos que usted 
habrá presenciado, sin duda alguna? 

Luisa . — Señora, mi padre fué el ser más bueno de la tierra. 
¡Si la bondad se aprendiera, yo hubiera sido con su 
ejemplo una santa! 

La Baronesa. — Sí, hija, sí, no lo dudo, no es que haya querido 
ofenderle; pero comprenda usted que cualquiera que 
haya sido su carácter, mucha culpa le cabe de la 
suerte de usted 

Luisa . — ¡Señora, yo fui seducida por un hombre! 

La Baronesa. — ¡La romántica historia de -Fantinaf ¡Eso dicen 
todas! ¡Seducida! ¡Valiente disculpa! ¡Cómo que si us- 
ted no hubiera querido, iba á existir en el mundo un 
hombre capaz de engañarla! 

Luisa . — ¡Señora, yo era muy joven y 3^0 creía que ese hombre 

me amaba! Pero tiene usted razón: yo falté, yo 

falté ¡Mi padre murió del dolor! 

La Baronesa. — (Aparte.) ¡Esa voz! ¡Su aire distinguido! ¡Qué 

recuerdo! Pero ¡imposible! (Alto.) Y después 

después ¿Por qué no lavó usted su culpa con una 

existencia ejemplar? Si su padre murió ¿no tenía us- 
ted amigos que hubieran podido aconsejarla? ¿No re- 
clamó usted la inspiración de Dios? , 

Luisa . — ¡Dios! El no se mete en esas cosas. El lo ha dicho: 

9 



50 

«Mi reino no es de este mundo.» ¡Amigos! ¡Amigos 
¡Solo uno, señora! ¡Un hombre! 

La Baronesa.— Sí el seductor 

Luisa. — No, otro, señora, otro que no fué mi amante nunca, 
que fué víctima, por la falta que yo cometí y por 
querer hacerme bien, de una calumnia atroz... Otro, 
señora, por cuya voluntad no moriría yo en esta ca- 
sa. Señora, yo huí de ese hombre, porque no me 

parecía ni justo, ni digno, que amparándome de él, 
apareciese ante la sociedad, que la sociedad tenía ra- 
zón. ¿Qué quiere usted, un mal cálculo mío, no es 
verdad? Yo había sido muy mimada, yo tenía mucha 

altivez ¡Yo huí de Madrid cuando nació mi 

hijo!... 

La Baronesa.— ¿Usted tuvo un hijo? 

Luisa . — ¡Sí, que murió, señora, de frío y de miseria! \A.hl ¡En- 
tonces, sí, señora, entonces sí que busqué yo á ese 

arnigo; pero no pude encontrarlo! ¡No pude! 

Él también parece que huyó lejos y como mi hi- 
jo se moría, y yo no tenía ningún recurso y era 

el invierno, y había mucho frío y yo tenía, también, 

mucha hambre ¡Usted no sabe, señora, lo que es 

ver morir á un hijo de miseria y tener frío y tener 

hambre, y no tener nada en el mundo! Pasó un 

hombre, otro, cualquiera, y yo, señora, pequé y fui 
mala, y seguí siendo mala, porque no podía ser bue- 
na, ni nadie me dejaba serlo (Rompe en sollozos.) 

¡Mi hijo murió!...... ¡Yo intenté suicidarme! (La 

Baronesa se persigna.) Fui llevada al hospital, me cu- 
raron, y volví á salir á la calle Pedí trabajo; no 

había Pedí asilo en una de esas casas de que us- 
ted habla; pero me obligaban á dar mi verdadero 

nombre, señora, el nombre de mi padre y yo ¡no! 

i no! ¡eso nunca! ¡yo no quise! porque me pareció 

que al inscribirse ese nombre en aquel libro que veo 
todavía espantada, él iba á maldecirme desde la 

tumba! ¡Y salí otra vez y me arrastré por el 

vicio y reí reí mucho me llamaban La Bi- 
sa vea usted vea usted, señora, el libro de es- 
ta casa y encontrará ese nombre: yo soy La Bisa 

(ríe) y río ¿por qué n o he de reir, si veo que soy 

tan mala y los demás tan buenos, por qué no he de 
reir si me llamo La Bisa? (Bíe y cae de es- 
paldas.) 

La Baronesa. — ( Abriendo la ventana.) Ha perdido el sentido. 



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(Observándola.) ¡Esa cara! ¡Sí! ¡No hay duda! ¡Es ella! 
(Acercándosele al oído.) ¡Luisa Pimentel! 
Luisa. — (Cómo sacudida eléctricamente.) ¡¡Ayü (Se levanta y vuel- 
ve á caer muerta.) 



ESCENA VII 
Los mismos. El Doctor y La Hermana 

La Baronesa.— ¡Le ha dado un ataque! ¡Hermana! ¡El Padre! 

El Doctor. — (Acercándose á Luisa y examinándola rápidamente.) 
¡Yo se lo dije á usted, señora: ha muerto! 

La Baronesa. — ¡Dios mío! ¡Pobre alma! (Al Doctor.) ¡Usted tie- 
ne la culpa! ¡Hermana! ¡Hermana! ¡La vela! (Sale.) 

La Hermana. — ( Con una vela encendida en la mano.) ¡Aquí es- 
tá, aquí está! (Se arrodilla junto á Luisa.) 

ESCENA VIII 

Los mismos. La Baronesa, El Marques, Jorge y Azucena. 
(Los últimos en el fondo van avanzando lentamente hacia el la- 
do opuesto en que se encuentra Luisa) 

La Baronesa. — Lo que ustededes oyen: es Luisa Pimentel. 
Jorge . — ¡Cielos! (Aterrorizado.) 
Azucena. — ¿Y se ha muerto? 

El Marqués.— ¡Pero no dijeron que se había arrojado al via 
ducto! 

ESCENA IX 

Los mismos. Andrés 

Andrés. — (Que entra por el fondo como quien viene de la calle) 
¡Doctor! 

El Doctor. — ¡Ah! ¿Usted será el amigo de esa desgraciada? ¡Se- 
ñor Ramírez, acaba de morir! (Señalando á Luisa.) 

El Marqués. — ¡Ramírez! 

(El Marqués, la Baronesa, Jorge y Azucena dan un paso 
atrás.) 

Andrés. — (Se adelanta hacia Luisa.) ¡Ella es!... ¡Luisa! (Viendo 
al Marqués y á Jorge.) ¡Vosotros también aquí! ¡La 



52 



perseguís hasta la muerte! ¡Cómo cuervos voláis sobre 
su cadáver! ¡Mi voz es la voz de la conciencia! ¡Ase- 
sinos! ¡"De rodillas! 

(El Marqués, Jorge y la Baronesa caen de rodillas. Se 
oye el órgano hasta que cae el telón. El cuadro debe estar 
formado de la siguiente manera: Luisa muerta á un lado; 
junto á ella, de rodillas, la hermana de la Caridad con la 
vela encendida en una mano; el Doctor junto á la her- 
mana de la Caridad y Ramírez en medio de la escena se- 
ñalando ese grupo á los demás personajes. Estos al otro 
extremo, en la sombra. Telón lento.) 



FIN" DEL DRAMA